Burton 119

A veces el comprensible factor humano puede enturbiar y hacer saltar los filtros editoriales. Sixto Ríos fue un patriarca de la estadística matemática en España, un académico reverenciado y de gran prestigio. Ya mayor, los estragos del tiempo hicieron mella en él; empezó insidiosamente a demenciarse. Pero Ríos seguía enviando trabajos a la Gaceta de la Real Sociedad Matemática Española y a los boletines de la Academia; un tipo de notas inconexas, con ideas repetidas o que carecían del menor sentido matemático. Los editores los publicaron por compasión y deferencia hacia su pasada eminencia científica. Aquel emotivo «pacto de silencio», humanamente comprensible, se estudia hoy en los comités de ética como el ejemplo de cómo la pleitesía puede corromper el rigor de una revista.

A principios de los dos mil, un joven físico alemán que trabajaba en los Laboratorios Bell, Jan Hendrik Schön, deslumbró a la comunidad mundial del campo de la nanotecnología. Prometía revolucionar el mundo con transistores de tamaño molecular, y publicaba en Nature y Science a un ritmo inusitado: un paper cada ocho días. Con apenas treinta años, los comités del Nobel ya estaban previendo su galardón. Pero la quimera se derrumbó en 2002, cuando la competencia se puso a mirar con lupa los gráficos de sus artículos. Descubrieron la trampa: Schön había copiado y pegado exactamente el mismo «ruido» de fondo en experimentos completamente distintos. No investigaba; fabricaba los datos en su ordenador. Su caída fue fulminante. Pero el verdadero desdoro cayó sobre los revisores de las revistas más prestigiosas del planeta.

Dos historias que recuerdan una misma verdad: el prestigio de un autor nunca puede sustituir al juicio crítico de un editor.

Deja un comentario