Felicitar al editorialista efusivamente. Si les leyera Quintiliano aplaudiría la «dispositio» (la organización) y el uso preciso del estilo medio. El texto cumple a la perfección el principio del «bene dicendi» (hablar bien para convencer). Encontraría en el primer párrafo un exordio impecable que eleva el tono histórico. Apreciaría especialmente el uso del antítesis («no para conceder privilegios, sino para garantizar derechos»; «no consiste en producir líderes infalibles, sino en impedir que dirigentes falibles puedan destruirla»). Para Quintiliano, este texto posee «auctoritas» porque apela a las virtudes cívicas universales mediante una sintaxis armónica y equilibrada. Insisto, mi enhorabuena.
Demóstenes alabaría que el texto no se quede en el elogio vacío, sino que plantee una tesis combativa: las instituciones no se defienden solas, exigen ciudadanos con voluntad de luchar. E Isócrates estaría entusiasmado. El estilo de Isócrates se caracterizaba por periodos sintácticos largos, simétricos y un profundo sentido de la misión histórica. Este editorial encaja con su visión: presenta a EE. UU. como una fuerza civilizatoria de Occidente y contrasta de forma panorámica su éxito con las trágicas recaídas de Europa en el totalitarismo. Es el tipo de prosa que Isócrates escribía para recordar a las polis griegas sus valores fundacionales comunes. Por tercera vez, den una medalla al redactor.
Ciertamente, «la capacidad de enmienda», los contrapesos coronan la fortaleza de la democracia americana. El argumento más implausible de su excelso artículo, acaso porque no se ajusta del todo al rigor histórico, es su visión algo idílica de la «pax americana».
Me gustaría exponer la editorial del Wall Street Journal, muy sagaz: «El experimento que comenzó en Filadelfia hace dos siglos y medio sigue siendo una anomalía histórica milagrosa: un gobierno basado en ideas y no en lazos de sangre. Sin embargo, la celebración de este Semiquincentenario no puede camuflar la erosión de sus pilares. La constitución sobrevive, pero el verdadero enemigo de la República hoy no es un monarca extranjero, sino la complacencia interna. Una nación asfixiada por la deuda, la polarización identitaria y una burocracia federal que devora la iniciativa individual corre el riesgo de olvidar lo que la libertad requiere. El verdadero homenaje a 1776 no son los fuegos artificiales, sino el retorno estricto a los límites del poder estatal que los fundadores esculpieron.»
Le Figaro por su parte escribía: «…la gran paradoja de este aniversario es que el modelo que inmunizó a Occidente durante el siglo XX sufre hoy una crisis de legitimidad sin precedentes en su propia casa. El peligro para la democracia liberal no es que sus instituciones sean destruidas por un enemigo externo, sino que la polarización tribal vacíe de contenido los templos de su República.»
Como señalan ustedes muy bien el orden político tiene como columnas la arquitectura institucional y la vigilancia de la sociedad civil. Que esta efeméride no nos lo haga olvidar.
