Según Montaigne (una fresca percepción) la vida es «ondayant». Pensando en el adjetivo que más cuadra con nuestro poco fausto gobierno se me ocurre «ténébreux» (con pringoso color petróleo)
Veamos: «El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente”, analizó Klemperer. Mutatis mutandis, la claridad, el honor de las palabras y de las promesas, deviene insensiblemente en palabras-anfibias y en promesas-serpiente. Si los nombres no son correctos, el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas. Si el lenguaje no está de acuerdo con la verdad de las cosas, los asuntos del Estado no pueden llevarse a cabo con éxito. La democracia se funda en la verdad de los hechos; de otro modo el discurso público se convierte en una fantasmagoría para zombis. Deliberamos juzgando los hechos; si se nos escamotean los hechos, las ideas pierden pie.
El siglo XXI corre el riesgo de ser recordado como el siglo de la mentira (bulos, posverdad y propaganda digital) La política no debería ser una rama de la ciencia ficción. Este es uno de los grandes peligros del buen regimiento de la cosa pública.
Me gustaría concluir con unas palabras visionarias del escritor J.C. Ballard: «El novelista ya no tiene que inventar la ficción; la ficción ya está ahí. La tarea del escritor es más bien inventar la realidad. A lo largo del siglo XX, los papeles de la ficción y la realidad se han invertido. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de todo tipo: la publicidad masiva, la política como una rama de las relaciones públicas, los simulacros instantáneos de la televisión… En el pasado, siempre asumimos que el mundo exterior representaba la realidad… y que el mundo interior de la mente representaba la fantasía. Hoy esa relación se ha invertido. El mundo exterior es ahora la gran ficción, donde las políticas de los gobiernos se ejecutan como guiones cinematográficos de ciencia ficción y los líderes actúan como personajes de reparto. Lo único real que nos queda es el espacio interior de nuestras mentes, el único lugar donde podemos intentar reconstruir lo que es verdadero».
