Burton 124

Veo la televisión, escucho la radio u oigo a la gente hablar en la calle. Se propala una habladuría roma, una cháchara vaga, destartalada e incompetente que implica un pensamiento tan inane como idiota. Es un lenguaje innoble, rebajado a moneda de curso común, de nulas ideas o con ideas pésimamente expresadas. Un hombre que posee un idioma pobre vive en un mundo pobre. No saber nombrar o articular las cosas provoca una incapacidad para percibir; y si no se sabe percibir, uno está abocado a morar en la cueva platónica. Sin vocabulario se antoja muy difícil la discrepancia o el razonamiento crítico, lo que tiene consecuencias directas en la calidad de nuestra democracia.

Debe de ser triste vivir en la jaula construida con los ladrillos del habla cotidiana e irreflexiva. Vivir una buena vida también es vivir una vida reflexiva; vivir, en definitiva, con los ojos abiertos. Percibo una sintaxis descabalada y casi infantil. Steiner advierte cómo se ha devaluado la palabra: «Hemos roto el vínculo entre el verbo y la verdad. El lenguaje de nuestro tiempo se ha vuelto de una vulgaridad expansiva; está saturado de jerga mediática, de clichés publicitarios y de una trivialidad que devora la capacidad de recogimiento de la mente. Cuando las palabras se rebajan a este estado de desgaste absoluto, cuando ya no requieren ningún esfuerzo de elaboración ni por parte del que habla ni del que escucha, el idioma se vacía de su fuerza vital. Lo que queda no es comunicación, sino una moneda falsificada que ha perdido todo su valor adquisitivo espiritual». La negligencia es descorazonadora. El estilo resulta chato y muy rudimentario. Un revoltijo de consignas y clichés: frases hechas que se pegan a la lengua como costras. Tropel e inflación de la palabra hueca. Hay una zafiedad en el hablar que no es sino el reflejo de la zafiedad del sentir y del pensar. Me estremece ver cómo se maltrata el idioma en la calle y en los medios.

Nicolás Gómez Dávila escribió: «El hombre moderno no habla, sino que repite los ruidos que ha escuchado. Su lenguaje es una colección de escombros verbales, un habla abajada que ha extirpado sistemáticamente todo vestigio de nobleza, de reverencia y de misterio. Cuando una sociedad renuncia a la jerarquía de las palabras, cuando celebra lo inculto como si fuera auténtico y lo trivial como si fuera cercano, no está liberándose; está hundiéndose en un pantano de ramplonería. La pérdida del estilo es el síntoma definitivo de una civilización que ha decidido que ya nada merece ser expresado con grandeza». Ramplonería cotidiana, ciertamente, que no supera la inmediatez. La lucha por un lenguaje elaborado y preciso es, en el fondo, la lucha por mantener la mente alerta ante la anestesia generalizada que nos impone la cultura de masas. Por todas partes oigo un habla deshilachada, una prosa pedestre que ya no busca la belleza ni la verdad, sino únicamente la satisfacción de la comunicación más baja. Frente a este desierto, uno se queda solo, hablando en la penumbra.

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