Burton 125

Con el ilusionante proceso de la Transición, se unieron a la causa común profesores, empresarios y científicos: los aristoi de la sociedad civil. Sin embargo, ante la dramática degradación del lodazal político —con sus guerras intestinas y sus apuñalamientos—, cundió el desencanto y aquellos patricios desertaron en masa. En la actualidad, salvo contadas excepciones, reina una mediocridad embarazosa y una bilis incivil.

La política es, o debería ser, el noble arte del argumento y la deliberación; un espacio donde no tienen cabida la palabra degradada ni la zafiedad. Hoy, en cambio, se defenestra el argumento y se elude la lógica, sustituidos ambos por una agresividad ineducada. En lugar de premisas, desarrollo y conclusión, imperan el barullo, el insulto y el griterío. Esta quiebra del razonamiento ha entronizado la posverdad: la mentira ya no es el recurso desesperado para tapar un error, sino una estrategia institucionalizada. Se lanza una falsedad a sabiendas de que, para cuando los datos la desmientan, el impacto emocional ya habrá cumplido su propósito. La corrección posterior jamás logra el alcance del bulo inicial.

En la República Romana, la política se erigía sobre la auctoritas —el prestigio y la autoridad moral— y la dignitas. Si Cicerón hubiera subido a la tribuna del Senado a proferir insultos tabernarios o argumentos burdos nacidos del bajo vientre, habría cometido un suicidio político instantáneo. Allí no se admitían sandeces. Los senadores eran educados en retórica, filosofía y derecho desde la infancia, y el público del Senado constituía un jurado implacable que detectaba cualquier falacia ipso facto. Los discursos se escribían para perdurar, concebidos como piezas imperecederas tanto literarias como jurídicas. Hoy, por el contrario, proferir una estridencia grotesca garantiza la apertura del telediario y millones de interacciones.

De igual modo, en la era de lord Palmerston, Benjamin Disraeli y William Gladstone, los debates en la Cámara de los Comunes se prolongaban durante horas. Los diputados no leían folios redactados por asesores de comunicación; improvisaban réplicas cimentadas en un conocimiento profundo de la historia, la economía y la literatura clásica. Palmerston era célebre por su estilo directo y a veces combativo, pero sus intervenciones poseían una finura intelectual indiscutible. Su famoso discurso Civis Romanus sum (1850), en el que defendió los derechos de un ciudadano británico en el extranjero, duró cinco horas y mantuvo a la Cámara en vilo apelando al orgullo nacional, al derecho internacional y a la historia clásica.

De aquella excelencia hemos descendido a nuestra más crasa vulgaridad. El diputado actual ya no es un ciudadano reflexivo, sino un gladiador que hoza en el barro. La decadencia avanza, incontenible.

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