Les seré sincero: poco o nada me importa el destino de Sánchez, Feijóo o Abascal. Mis desvelos, lo que pido urgentemente a mi nación, es una ciencia de vanguardia, un país culto y educado que evite el maleficio del dogmatismo, y una educación que eleve el nivel académico en lugar de imponer una visión ideológica del mundo. Exijo una justicia independiente y una administración eficaz, que no debilite el mérito ni coloque a peones afines; una economía puntera de pleno empleo, con escaso déficit y tecnológicamente avanzada; una industria con altas cotas de I+D; una España sin problemas de vivienda y, por encima de todo, concordia social, honestidad y nula corrupción. Para lograrlo, se requerirían pactos de Estado entre los partidos y una decidida visión a largo plazo.
Sin embargo, tal y como señala Vallespín, nos asola una partitocracia que no busca la prosperidad, sino generar odio y miedo. Desmantelan nuestro futuro a costa de su propia supervivencia, inoculando de arriba abajo el veneno de la confrontación para movilizar el voto a través de la víscera. Bajo este sistema, el líder político queda eximido de ser competente: le basta con azuzar el fantasma del oponente.
La maquinaria partidista ha secuestrado el interés nacional y la centralidad sociológica de un país donde el ciudadano medio es, paradójicamente, templado. La sociedad española, en su conjunto, no es extremista; desea exactamente lo mismo que yo: menos bronca y que se gobierne en busca de la excelencia. Pero a las siglas no les resulta rentable el éxito a largo plazo de la nación si este no cotiza a su favor. Ese es nuestro gran drama. Los partidos han dejado de ser herramientas al servicio de la sociedad para convertirse en fines en sí mismos, alimentando una dinámica de polarización obsesionada con la conquista del poder a corto plazo. Para ellos, la política ya no consiste en gestionar la realidad, sino en agitar las identidades y los miedos.
Simone Weil ya advirtió que cuando la política se reduce a una pasión identitaria, el Estado se vacía de excelencia. Terminamos esta nota con su admonición:
«Un partido político es una máquina de fabricar pasión colectiva. Un partido político es una organización de tal manera constituida que ejerce una presión colectiva sobre el pensamiento de cada uno de los seres humanos que forman parte de él. El fin único de todo partido político es su propio crecimiento, y este sin límite alguno. Por este triple carácter, todo partido es totalitario en germen y en aspiración. […] Si el crecimiento del partido es un criterio de bien, se sigue de ahí una inversión de la relación entre el bien y la verdad. La verdad ya no es el fin; el fin es el partido. El criterio de lo que es justo y verdadero pasa a ser el interés del partido. Lo que es útil para el partido es justo; lo que le es perjudicial, es falso e injusto. Se llega así a una completa subversión de los valores. […] Un hombre que no ha tomado la decisión de ser fiel exclusivamente a la luz interior de la verdad, no es un hombre libre».
