Burton 127

Leí con atención a Xavier Vidal-Folch. Pese a su indudable prestigio, es una firma que nunca ha terminado de atraparme, y este texto ilustra muy bien el porqué: describe acontecimientos geopolíticos brutales como si fueran hechos históricos consumados. Nos habla de un secuestro militar de Nicolás Maduro, de la conversión de Venezuela en un protectorado estadounidense y de una guerra de agresión contra Irán que terminó en una humillante rendición tras un bloqueo de 110 días.

¿Cuál es la trampa implícita? Que Vidal-Folch juega a la proyección distópica y a la ucronía. Utiliza la ficción literaria para advertirnos sobre lo que él cree que Trump deseaba que pasara, presentándolo con la fuerza narrativa de una crónica real para amplificar el pánico moral del lector. Es un «aviso para navegantes» ante la cumbre de la OTAN que eleva la peor de las hipótesis a la categoría de noticia de portada. A mi juicio, esto revela un análisis intelectual endeble.

Desde el punto de vista lógico y argumentativo, el artículo es defectuoso y tramposo; se sostiene sobre falacias monumentales. En buena lógica, resulta imposible extraer conclusiones verdaderas a partir de premisas manifiestamente falsas. Al inventarse una invasión de Irán y la caída de Venezuela, todo su diagnóstico sobre el «desplome del neobelicismo» carece de base empírica. Construye un hombre de paja gigante: diseña un escenario hiperbólico para luego celebrar que ha fracasado.

Pero el error más grave es su contradicción interna sobre el poder. El autor ridiculiza a quienes ven el «poder blando» como un idílico «mundo de Heidi». Sin embargo, para demostrar que ese poder blando y la razón tienen las de ganar, no recurre a la victoria de las instituciones o del Derecho Internacional, sino al fracaso militar de Washington frente a una «dictadura de los ayatolás imbatida». Es decir, valida la tesis de que a los puños solo los frenan otros puños más resistentes. Cómo añoro en estos debates a mi maestro Jesús Mosterín, que nos daba clases en la UB y nos vacunaba contra estas ligerezas conceptuales.

Donde sí arrasa Vidal-Folch es en la retórica y la estilística. Es un orfebre extraordinario. Si Isócrates analizara esta pieza, diría que es un despliegue magistral de elocuencia destinado a conmover (pathos) y a fijar una postura moral implacable (ethos). Le concedo y le admiro su riqueza léxica, su tensión dramática y sus metáforas poderosas. Es una prosa soberbia que te atrapa por el oído. Pero el periodismo y la historia exigen rigor. Y ante la razón, su argumento se desmorona.

Deja un comentario