El fin de semana no visito esa delgada franja de arena dorada que se extiende hasta donde alcanza la vista, bordeada por un mar azul y verde que rompe en olas suaves y espumosas. Nada sé de estelas de espuma blanca disolviéndose en la arena húmeda, ni del aire fresco y limpio con aroma a sal y algas que evoca recuerdos de veranos pasados.
Ignoro también el pulso del techno, ese que apenas se escucha con los oídos y se siente, más bien, en el esternón: una vibración de frecuencias bajas que hace temblar los vasos de plástico en la barra y dicta el ritmo involuntario de los párpados. Desconozco la pista de baile como un mar de cuerpos anónimos —esa masa orgánica y sudorosa que se mueve bajo una tormenta eléctrica programada— y las luces estroboscópicas de color azul cian y magenta cortando el aire como cuchillas de neón.
El fin de semana lo paso jodidamente encerrado en casa (como escribiría Bukowski). Un escritor trabaja los siete días de la semana, sin días de asueto en el sentido convencional; el sábado por la mañana se produce exactamente igual que un lunes o un miércoles.
El verdadero cambio que experimenté el último mes radica en qué leo y qué escribo. Ahora ya no frecuento libros, sino periódicos, cuyos artículos comento a través de una lectura demorada, basándome principalmente en sus aspectos retóricos y lógicos. Existe un maligno placer en detectar falacias y contradicciones en periodistas célebres que cobran, al menos, cinco veces más que yo. A veces, incluso, ensayo algunos aportes propios. No sé cuánto me durará esta funesta manía; lo cierto es que, pese al inmenso esfuerzo invertido, sigue sin leerme nadie
