«[…] coleccionar no tiene por qué tener tanto que ver con la obsesión de poseer como con la voluntad de cuidar y proteger».
Esta frase que dejas en tu texto es, en realidad, el núcleo del verdadero bibliófilo. Lo pienso al recordar De bibliothecis syntagma de Justus Lipsius, editado en Amberes por la Officina Plantiniana en 1602. El primer tratado moderno sobre la historia de las bibliotecas.
El lomo, fatigado y virando hacia tonos hueso, conserva el rastro en tinta ferrogálica de una mano del siglo XVII que escribió: «Lipsii de Bibliothecis».
El papel de tina plantiniano, regalando un olor seco, a lino viejo y polvo frío. No cruje; se dobla con una densidad que parece respirar bajo los dedos, y si lo pones al trasluz, la filigrana —un compás, un lirio— emerge como un vestigio de aquella Europa.
Custodiar un objeto así no es poseerlo. Es asumir que somos un eslabón, un espacio de acogida para que esa memoria siga viva. Tu propuesta para el IVAM y el empeño silencioso de un bibliófilo nacen del mismo lugar.
