Burton 132

(Antonio Muñoz Molina)

Sus periodos avanzan por acumulación y variación tímbrica (lo sé muy bien, maestro; ya hace más de veinte años que lo leo) Y asoman deliciosas, como el café por la mañana, las pequeñas cadencias que impiden la monotonía. Gravedad de órgano y peso de granito.

Resulta muy fértil compararlo, y le aseguro que la conexión no es arbitrista, con la «Missa pro defunctis», de Jean Gilles. Caoba barnizada de cellisca, cachorro corrreteando por la habitación que anuncia el alba (las cadencias de Gilles rara vez producen una sensación de cierre definitivo; funcionan como respiraciones antes de una nueva expansión del tejido contrapuntístico. Esa misma impresión producen los párrafos de Muñoz Molina: nunca parecen detenerse del todo, sino tomar impulso)

Prosa que recuerda (avanza exactamente como sus coros) a la «Trauermusik» de Johann Ludwig Bach, por la gravitación de lápida mortuoria en el ritmo. Y que recuerda al acero buscando un remanso de luz de «El idilio de Sigfrido», y al «El entierro del conde de Orgaz», y a la «Vista de Toledo», y a los «Los cazadores en la nieve».

Ud. no recuerda tanto al piano o al violín como al órgano barroco. Ud. no recuerda tanto al talento como al genio.

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