Burton 134

Llegó julio con un cielo blanco de calor, un cielo que parece de piedra caliza calcinada. Columnatas de luz patentes contra el cielo y su resplandor límpido. Una luz de hangar encendido y campos amarillos. La tierra se abre en costras sedientas y los pinos, quietos, fijos bajo el resplandor vertical del mediodía, perdiendo su verde ceniza, se quedan de metal fundido. Las chicharras, ocultas en la costra de los troncos, aserran el silencio del campo con un zumbido rabioso. Miro arder todas las tardes las copas de los álamos, el perfil de los montes, cada piedra minúscula, enjoyada del río, del dios río que llena de frutos nuestros pechos. Aquí, en estas riberas, donde atisbo el verano.

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