Tiene toda la razón: la Declaración de Independencia de 1776 no se escribió en el vacío de la teoría liberal moderna, sino bajo el peso de la oratoria clásica. Los Fundadores no solo buscaban romper con un rey; buscaban sonar como Cicerón denunciando a Catilina o a Marco Antonio.
A veces pienso que dos altoburgueses reunidos casualmente en un expreso a principios del siglo pasado podían mantener una conversación con referentes compartidos: Demóstenes, la Biblia, Tácito, Cicerón, Shakespeare, Cervantes, Quintiliano, Agustín de Hipona, etcétera. Todo ese mundo común voló por los aires.
A veces, aunque suene muy utópico, pienso que urge una educación clásica para nuestros políticos. Esa formación no es un adorno elitista, sino una caja de herramientas para evitar la catástrofe, una vía de supervivencia institucional que la política actual ha perdido.
La educación clásica ponía la retórica en el centro, pero no entendida como el «hablar mucho para no decir nada» —el vicio insoportable de hoy—, sino como el arte de la persuasión moral y de la argumentación sólida e incluso estéticamente elegante, algo acuciante dado el paupérrimo nivel que pulula en los parlamentos.
Polibio explicaba la anaciclosis: el ciclo por el cual la monarquía degenera en tiranía; la aristocracia, en oligarquía; y la democracia, en oclocracia, antes de colapsar de nuevo en el poder de un solo hombre fuerte. Los antiguos anteponían el bien de la res publica al interés personal o de facción. Sabían que el sistema que estaban creando fallaría si los líderes carecían de virtud. Estas enseñanzas deberían cruzar el espacio y el tiempo.
En sus famosas Filípicas, Demóstenes fustigaba a los atenienses por quedarse de brazos cruzados esperando que los problemas se resolvieran solos. Isócrates veía que las ciudades-estado griegas se estaban destruyendo entre sí por odios partidistas y guerras civiles (la stasis). Mayor actualidad, imposible. Así también, quien conoce la guerra del Peloponeso aprende que las democracias pueden dejarse arrastrar por la demagogia; y quien ha estudiado a Aristóteles sabe que toda constitución contiene tendencias internas hacia su autodegeneración.
La educación clásica era una escuela del juicio. Todo ello no garantizaba buenos políticos —la Antigüedad está llena de hombres cultísimos que fueron tiranos o corruptos—, pero sí elevaba el nivel intelectual del debate. La diferencia es importante. La cultura no hace virtuoso a nadie; únicamente reduce la probabilidad de que la ignorancia gobierne sin advertir siquiera sus propios límites. La educación clásica obligaba a pensar antes de hablar. Enseñaba a desconfiar de las soluciones simples para problemas complejos y recordaba que casi todos los conflictos contemporáneos poseen precedentes, analogías y advertencias dispersas en dos milenios de experiencia política.
Una utopía.
P.S.: Felicidades por el artículo.
