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Estimado David:

La precisión en la palabra, la claridad en el trazo y la generosidad con el lector no son síntomas de una mente superficial, sino el triunfo de un escritor que ha logrado domar la densidad del caos para entregarla, limpia y luminosa, a la inteligencia de los demás. Escribir difícil es, a menudo, mucho más fácil que escribir sencillo.

Tú te vistes con ropajes inteligibles. Te liberas de trabas fastidiosamente académicas. La novela de gran alcance no necesita de oscuridades ni de laberintos verbales para conmover; le basta con reflejar el latido de la existencia común con la dignidad que da la observación sincera. Cualquiera de tus lectores se siente interpelado. Debajo de la superficie de tu obra late una melancolía y una agudeza intelectual que obligan a reflexionar sobre la ética, la política y la soledad; es decir, sobre la vida (Arnold decía que la literatura es una crítica de la vida).

Honesto. Sin pretenciosidad. Poniendo el bisturí a la decepción, a la ternura y al cinismo desde un prisma humanista. Y, como articulista, heredero de Pla, Chaves Nogales y acaso Espinàs.

«Quien conoce el dolor ajeno ya no juzga con la misma medida», escribió Gilbert de Hoyland, un monje inglés del siglo XII, autor con el que tienes un aire de familia, al igual que con Aelredo de Rievaulx (la misma ternura racional), o también con Hugo de Fouilloy y Hélinand de Froidmont (perdona la extravagante y pedantuela erudición a la violeta).

El olvidado, y quizá otro sosias tuyo, Pierre-Henri Simon, dijo: «Me niego a creer que la profundidad de una obra se mida por la opacidad de su lenguaje o por su capacidad para eludir al lector común. Hay una aristocracia del espíritu que consiste, precisamente, en hacerse comprender por todos sin rebajar la exigencia del pensamiento. La gran literatura es hospitalaria: utiliza la palabra limpia, el ritmo natural y la observación sincera de la cotidianidad para desvelar los misterios más complejos del alma humana. Escribir con claridad es un acto de generosidad y de respeto hacia el prójimo; es tender un puente en medio del caos. El arte que se encierra en laboratorios verbales acaba hablando solo para sí mismo, estéril y frío. El arte que sobrevive es el que se mancha las manos con la realidad de la calle, el que acompaña al hombre en su soledad y le ofrece un amparo comprensible contra la desesperación».

El genial Eliot fue acerbo con Henry James. En una frase aguda y «recargolada», le acusó de tener una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla. Tú, para mi felicidad, profanas mi mente desde hace años.

Un saludo muy afectuoso de

Christian Sanz

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