De Maistre —el gran teórico del providencialismo y el ultramontanismo, luz de gasa de agua y polvo de oro, rica frescura de sauzales— asentiría de modo entusiasta, al igual que Donoso Cortés y Elías de Tejada, ante la idea de Sostres de que «los derechos son el corazón de la muerte». Para De Maistre, los «derechos humanos» abstractos de la Ilustración y la Revolución Francesa, como una gema embarrada de ceniza, eran un anhelo satánico que destruía el orden natural establecido por Dios.
Celebraría la frase: «Los derechos son siempre un cuidado paliativo y en política se usan para anestesiar y conducir a la turba». De Maistre sostenía que el hombre no puede crear leyes ni derechos por sí mismo; solo Dios lo hace.
Pero, de modo similar a Burke, detestaría el estilo y el tono jacobino del artículo. Transpúa resentimiento, una soberbia moral retórica, una perversión violenta propia de la peor izquierda. La derecha debe ser elegante como el rastro aleve de mármol en un château gris hiedra.
Anna Ajmátova declaró de forma más que convincente que el siglo XX fue «peor que cualquier otro». Leopardi declaró el suyo «feo y estúpido». Y no olvidemos a Palingenio: «Tanta est penuria mentis ubique / in nugas tam prona via est!» (¡Tal es la penuria de la inteligencia en todas partes / que las tonterías tienen allanado el camino!). «Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas», señaló cáustico —y muy certero— Gautier. Obviamente: «Vivimos en un siglo de electricidad, de gas, de guano, de crinolina, de caucho, de fotografía, de drenaje y de sufragio universal; y, sin embargo, somos menos letrados, menos artistas, menos delicados y menos educados que nuestros contemporáneos de Luis XIV, e incluso de Francisco I» (Edmond About, Le Progrès, Hachette, 1864, p. 356). Lo único razonable en materia de política es un gobierno de sabios polímatas. Nuestro siglo decae por el vociferar energético de un Valthonik o de un Sostres: un habla de mala leche botijera y cebollona.
Golpear con la palabra es admitir que uno no tiene más argumentos que su ira. Una palabra dicha con furia es como una piedra arrojada contra un espejo: ya no hay imagen posible. Desde el studium humanitatis del siglo XV hasta la filología moderna, el modo de hablar y escribir ha sido entendido como un reflejo directo del modo de ser humano. La verdadera cortesía comienza en la gramática. Escribir o pensar con guasanga, bulla, algazara y barahúnda es la manera propia de conducirse de un izquierdista.
