Tras la lectura del agudo análisis de Camacho sobre la impostura pacifista del doctor Sánchez, me sumí en un periodo de abundante reflexión en la Cartuja de Cazalla de la Sierra. Allí, en el huerto, los cipreses se elevaban rígidos, negros, recortándose sobre el cielo azul pálido, como centinelas de una paz que nada debe perturbar. Y allí, como un bodhisattva que desciende temporalmente a la arena del mundo, tuve la revelación de otra impostura de la izquierda: la siniestra tiene un cociente intelectual menor que la diestra o, lo que es lo mismo, la diestra posee un C.I. mayor que la siniestra; si no en acto, al menos en potencia.
Nuestra inteligencia es humilde ante la complejidad, se apoya en la tradición, reconoce los límites del conocimiento individual y se manifiesta a través de las instituciones espontáneas (como el mercado o las costumbres heredadas). Nuestra razón es el recurso específico mediante el cual vamos en busca de la elevación de nuestra especie. Todo lo que logramos es fruto de esa razón; es el resultado de la capacidad para distinguir, con lucidez suma, entre lo que es útil y lo que es perjudicial, entre lo que mejora nuestras condiciones y lo que las empeora. El intelectual de izquierda suele creer que la inteligencia consiste en cuestionarlo todo y proponer un sistema nuevo desde la nada. El conservador, en cambio, sabe que la verdadera inteligencia consiste en comprender el valor de lo que ya tenemos, un valor que a menudo es invisible para la pasión pura.
Esto supe entre aquellos claustros de longitud sobrecogedora: una sucesión infinita de arcos donde la luz y la sombra juegan un drama hermoso, silencioso, y donde logré, finalmente, desfacer las incógnitas de la filosofía política.
