Permítanme la vanidad desmedida, la soberbia desmesurada, la presumida petulancia de observar que mi biblioteca rebosa los veinte mil volúmenes y pico.
Gasté peculio (no poco) y ojos al formarla y leerla, y es mi única hacienda y desvelo. Cuando me vine a vivir a Galicia desde Barcelona, todo un señor tráiler cargó con decenas y decenas de cajas —entre otros trastos, evidently.
Aunque sobre gustos y colores «non disputandum», no hay querellas, he de admitir que es una biblioteca básicamente aburrida, a imagen y semejanza del lector que la sueña y vive. Excepto casi un centenar de títulos de libertinos dieciochescos franceses y dos centenares de novelas bizarras y extravagantes, excepto rarezas curiosas y muy divertidas, excepto los anaqueles de la literatura de ocasión, la de mero (y también feliz) entretenimiento, poca miga o chicha tiene.
Abundan los grandes nombres que gustan hoy poco; abundan lógicas y retóricas, poesía y plúmbeos ensayos. Mi biblioteca es como una chica que enamora por sus calidades interiores intrínsecas, por su belleza interior, y no por su despechugado y llamativo escote. Es una biblioteca mohosa, tímida, pudibunda, gafuda, empollona, escolar, recatada, de esas que evitan las deliciosas vampiresas gamberras o los chicos malos.
Sería buena herencia para una diócesis y no así para los vestuarios de un gimnasio. La cultura es una señora vieja, arrugada y antigua, una anciana venerable, con peluca, desprovista o no ataviada todavía (creo) con piercings, tatuajes y cabellos teñidos de verde. La cultura está en trance de desaparecer, si no ha desaparecido ya y mutado, diluida en formas masivas y mercantiles de «divertissement».
Nada ejemplifica mejor el ideal ilustrado de ser un alma educada que la correspondencia que mantuvo Jefferson con su sobrino, Peter Carr, a quien intentó moldear intelectualmente. En sus cartas (especialmente las de 1785 y 1787), Jefferson no pide adhesión ciega ni eslóganes, sino un exhaustivo cultivo de la mente. En carta del 19 de agosto de 1785, Jefferson le escribe instándole a la lectura y al esfuerzo constante:
«Un espíritu culto es más valioso que el oro… El tiempo que se pierde no se vuelve a encontrar jamás. Aquello de lo que nos arrepentimos siempre es de no haber trabajado, nunca de haberlo hecho».
Jefferson le diseña un plan de estudio que incluye el griego, el latín, la historia antigua, las matemáticas y la filosofía natural. Le exige leer a los clásicos en su idioma original para entender la política desde la raíz:
«Lee los textos griegos en el original… No leas la historia de manera superficial; estúdiala, analízala. Tu objetivo debe ser la verdad, y para llegar a ella debes despojarte de todo prejuicio».
Para Jefferson, el liderazgo requería una biblioteca nutrida; para el Trump (certero) del artículo, bastan diez adjetivos rotundos en prime time.
Consulto de un diccionario:
John Quincy Adams (6.º presidente): políglota (hablaba con fluidez siete idiomas), leía los clásicos en latín y griego todas las mañanas antes de comenzar su jornada, y llegó a ser profesor de retórica en la Universidad de Harvard. Su diario personal es una de las obras cumbres del análisis político y literario del siglo XIX.
Terminemos con esta cita de Juan Cueto que viene bien abotonada a las ideas de Ángel Antonio Herrera: «La neotelevisión ya no es una ventana abierta al mundo, sino un espejo que solo se refleja a sí mismo y a sus propias criaturas. Ya no importa si lo que ocurre fuera de la pantalla es verdadero o falso, institucional o bizarro; lo único que posee existencia real es aquello que es capaz de sostener la mirada de la cámara. La realidad exterior se ha convertido en un decorado prescindible, en un residuo analógico que la pantalla fagocita, digiere y transforma en espectáculo puro. Quien domina la pantalla no necesita ajustarse a las reglas del mundo; impone las suyas».
Avanzamos varias parasangas hacia el báratro.
