El penúltimo párrafo del artículo («La trilogía que nos ha conformado se desmorona cuando nuestra civilización ha dejado de creer en sí misma») resuena palabra por palabra con el lamento tardío de Steiner sobre el analfabetismo cultural de la Europa moderna, que ya no entiende sus propias alusiones artísticas ni teológicas. Steiner alabaría la inclusión de Zubiri y la ciencia moderna, pues siempre sostuvo que el genio europeo radica en su insaciable búsqueda de la verdad absoluta a través de la razón y el experimento.
Policarpo, obispo de Esmirna y Padre de la Iglesia, dijo en el siglo II, según se lee en la Patrología de Migne: «¡Dios mío! ¡En qué tiempo me habéis hecho nacer!». Yo solo puedo, en fin, lamentarme como Taine: «¡Ay, Dios mío! ¡Qué tontería habéis hecho al ponerme en el mundo!». La tiranía, por lo usual, se templa con el asesinato; el gusto debe ser templado con la cultura. En ausencia de esta, el mundo se convierte en una representación de la locura colectiva. Europa debe ser templada con una nueva helenización y romanización (quién sabe si dentro de un siglo esto advendrá como un nuevo Renacimiento carolingio).
Catulo se quejaba amargamente de un siglo lleno de generaciones de hombres ausentes de gusto y gracia: «O saeculum insipiens et infacetum!». Y escribió el hoy olvidado Gabriel García y Tassara: «Eso fue el mundo para mí. Un abismo, y en ese abismo nada». Usted, y yo en mis escasas fuerzas, nos limitamos a abstenernos de las vergüenzas de la época.
Permítame expresarle mi honda admiración. Observemos este fragmento del artículo:
«Desde el humildísimo origen de una insignificante comunidad situada en el Lazio, a las orillas del Tíber, Roma se transforma en una colosal entidad territorial».
Este es un período clásico: comienza con una subordinada descriptiva que acumula tensión («humildísimo origen», «insignificante comunidad») para resolver con fuerza en el sujeto y el verbo principal («Roma se transforma»).
Otro ejemplo puramente gibboniano por su uso de la antítesis simétrica:
«Roma conquista Grecia y se deja conquistar por ella, irradiando su cultura y proyectándola a la posteridad».
Usted imita los balances binarios de la historiografía del siglo XVIII (muy influenciada por Tácito y Livio), donde cada afirmación encuentra su contrapeso exacto.
Usted es catedrático de Derecho Romano, y eso se filtra en su sintaxis. El texto no está escrito con el desorden del castellano conversacional actual; está gobernado por las reglas de la retórica clásica: el uso del tricolon, la captatio benevolentiae, el exordio y la limpidez argumentativa. Posee el cursus de los discursos del Senado romano, adaptado con una finísima sensibilidad literaria al español contemporáneo. Usted es un maestro incontestable.
