En el discurso ante los ganadores del Premio Nobel de 1962, Kennedy profirió: «Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y conocimiento humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo». Por su parte, John Quincy Adams hablaba con fluidez siete idiomas; su mente era un instrumento de precisión científica alimentado por la literatura clásica. Su tragedia política fue que su sabiduría y su visión estaban un siglo por delante del ciudadano medio de su época. No hubo un presidente más comprometido con la idea de que el conocimiento y la ciencia debían guiar a una nación.
El contraste con Trump es significativo: veleta, burrito sabanero, Alarico saqueando Roma, suevo cruzando el Rin, tontón de ideas semiarticuladas, tórpido, majadero.
La prosa de Emerson es como un sinfonier clásico o un sillón de pan de oro. Faulkner escribe como un crujiente de tapioca con tartar de cigala. Nuestro Cervantes es igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico. En cambio, la cabeza de Trump es un hueso apepinado.
Necesito tomarme un whisky de malta añejo —un buen single malt escocés— con zumo de yuzu o lima fresca y sirope de arce, servido con mucho hielo picado, para desinfectarme del personaje.
