Burton 168

Más que «pincho de tortilla y caña a que a todos nos iría mejor», señor Herrero —lo que me parece una concesión populista innoble, un costumbrismo casposo, un impulso envilecido del pueblo (que siempre será un eterno menor de edad), un menú de folletinista de la peor calaña y un híbrido de amarillos ostrogodos—, deberíamos apostar por un light lunch en el Florian.

Valentí Puig ha sido el gran cirujano de la burguesía catalana contemporánea, especialmente en novelas como Complot o La gran rutina. Puig retrata a una clase adinerada obsesionada por el estatus superficial, los veraneos en la Cerdanya o en Llafranc, y completamente desconectada de cualquier deber moral o cultural con su propia sociedad. Sus personajes son «propietarios» que carecen del coraje de sus antepasados. En La gran rutina escribe: «La seva era una decadència sense tragèdia, una mena d’anestèsia perfumada de Loewe i mantegues de l’Alt Urgell. Havien oblidat el llatí, havien oblidat el tèxtil, havien oblidat fins i tot el cinisme intel·ligent de l’ordre antic. Ara eren simplement propietaris de finques que gestionaven administradors, senyors que anaven al Liceu no pas per escoltar Wagner, sinó per veure qui més hi havia anat. Si els haguessis parlat de finançar una traducció de Tucídides, t’haurien mirat amb la maia cara de desconcert amb què un ramader mira un extraterrestre. Tot el que quedava d’aquella vella raça constructora era un instint de conservació mesquí i la certesa que qualezvol canvi en l’Impost de Successions era la fi del món». El pincho de tortilla es el epítome de esta burguesía.

«At tibi fortassis, si –quod mens sperat et optat– / es post me victura diu, meliora supersunt / secula: non omnes veniet Letheus in annos / iste sopor…», Petrarca. «A ti quizá, si, como mi alma espera y pide, has de sobrevivirme largamente, te aguardan mejores siglos: no ha de durar para siempre este sopor letal…». Su propuesta de la cerveza en lugar de un borgoña agudiza ese sopor letal.

En la carta del 31 de mayo de 1468 al dux Cristoforo Moro, con la que el cardenal Besarión acompañaba el legado de su importante biblioteca —cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos— a la ciudad de Venecia, literalmente escribía:

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan; hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y, en definitiva, su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos cancelaría también la memoria de los hombres».

No seamos rucios e ignorantes. Ni ignorantes que —y esto ya es dramático— ni siquiera saben que lo son. O bien que, dada la propensión al descrédito de la cultura, se enorgullecen y jactan de ella. La derecha y la libertad solo se ganan con libros y jamás con tortillas cebollonas y golletes ensalivados.

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