Burton 175

Mi psiquiatra durante más de una década —una psiquiatra y ser humano excelente, mucho mejor que la media— un día comentó al bies, como de refilón, sin darle importancia: «Tú perteneces más al mundo de los eruditos que al mundo de los locos». Esas palabras calentaron mi corazón y las recibí, emocionado —todavía me emocionan—, como el más alto elogio.

Un escritor es un erudito; por lo tanto, yo era más escritor que loco. Ese cumplido generoso laborea dentro de mí y mi permite cruzar las tinieblas; son palabras que sostengo como una madeja en mis muñecas, con los brazos abiertos, y que voy moviendo al compás que marcaba mamá al hacer el ovillo.

Acaso me engañe, pero no deseo que me recuerden como un loco que a veces escribía, sino como un escritor al que dio la casualidad de que le tocó la infausta locura. Un escritor menor, qué duda cabe, pero un escritor al fin y al cabo. Un escritor, un tratante del lenguaje, de su ritmo, su conciencia y su gramática.

Escritor y también adicto a la lectura. Un drogadicto de esa tecnología insuperable llamada libro.

Ahora mismo leo The Philosophy of Mystery, de Walter Cooper Dendy. Pertenece a ese género de libros fascinantes escritos antes de que la neurología, la psiquiatría y la psicología se separasen y cuajasen definitivamente; esas obras donde conviven la decimonónica anatomía cerebral, Shakespeare, los fantasmas, la fisiología primitiva, los moribundos, los opiáceos, Plinio, los casos médicos, las fiebres tifoideas, los sueños o la filosofía natural. Una hibridación que pasma y engancha al lector. Mejor que el sexo.

Deseo ser recordado como un bibliófago. Y que en las playas, en los muelles con luz cenital, los bañistas y vagabundos cuchichearan a mi paso y me motejaran únicamente como el Hombre Archilector. El polvo dormido en rollos dormidos de plata y bronce, losanges de cinabrio y piedras; el polvo que aventaba mi ser libresco.

Deja un comentario