Fui siempre un solitario voraz, yihadista, desmedido. Probablemente la soledad devora la dulzura, pero me rechazaron violentamente mis semejantes y no quise mendigar amor. Ahora solo pido una vida defendida de infortunios, con mis libros y, alrededor, la energía o bendición del silencio.
Muchos nos vemos ajenos al mundo que nos rodea. Yo padecí un acusado ostracismo y me desempeño mal entre las gentes. La angustia fue mi madre; soy hijo de la locura y la melancolía. Me cansa la vida, la noche escupiendo agujas. Me cansa esta sociedad grotesca, verrionda y zurumbática. Una oscuridad perfectamente limpia, pero terrorífica, cerró mi garganta.
¿Qué me sostuvo? Entre otras cosas, los libros de Finkielkraut.
En una obra de 1987, el filósofo francés —cuya tesis dictaba que cuando el odio a la cultura pasa a su vez a ser cultural, la vida guiada por el intelecto pierde toda relevancia, visibilidad o significación— escribía: «Siempre que lleve la firma de un gran diseñador, unos zapatos equivalen a Shakespeare, una historieta con una intriga palpitante equivale a una novela de Nabokov, lo que leen las lolitas equivale a Lolita, una frase publicitaria eficaz equivale a un poema de Apollinaire, un ritmo de rock a la melodía de Mozart, un bonito partido de fútbol al más selecto ballet, un gran modisto a Picasso, Manet o Miguel Ángel, un clip, cualquier vulgar single o un spot equivalen a Verdi o Wagner. El futbolista y el soberbio coreógrafo, el gran escritor y el publicista, el sublime músico y el rockero son creadores con idénticos derechos. Hay que terminar con el prejuicio que reserva la cualidad para unos pocos y que suma a los restantes en las subculturas».
Corre paralela a la voluntad de humillar a Shakespeare la de ennoblecer al zapatero. Corre paralela a la voluntad de humillar a Talleyrand y Richelieu la de ensalzar a políticos actuales inanes. Establecer jerarquías y distinguir quantitas de qualitas, no creer que TODAS las prácticas culturales son GRANDES creaciones de la humanidad, ya es visto como el pensamiento de un orate perturbado. Bárbara Cartland vale lo que Flaubert y, por ser más popular, merece estudiarse en las universidades y orillar al obsesivo y aburrido estilista francés.
El arte debe apartarse y huir urgentemente de Shakespeare y acercarse lo más posible a los parlamentos intelectuales de futbolistas o a las bufonadas de las redes. Todo lo que sobrevive debe hacerlo en la forma más liviana y hedonista posible. El presente pertenece a Mickey Mouse y Shakira, a los Pitufos, a Tele 5 y a Ibai.
Cuando Finkielkraut escribió su ensayo (un ajuste de cuentas con el posmodernismo de moda) no existían Google, Pinterest, TikTok, Twitter, Pornhub, smartphones, Wikipedia, Netflix, reguetón, WhatsApp, etcétera; casi solo conocía la televisión, los coches, la nevera y la tostadora. Existe una incompatibilidad irreconciliable entre esos mecanismos tecnológicos y la verdadera creatividad cultural, agravándose la metástasis antiintelectual señalada por el pensador francés hasta unos límites que rozan la autoparodia.
¿Se romperá el cable del ascensor y todos los pasajeros caeremos al abismo? Yo creo que ya casi bordeamos el precipicio, si no vivimos en él de pleno. Creo con inusitada (¿irreal?) convicción que vivimos en una civilización papuda, decadente y zancuda. Preferiría ser un aristócrata de la corte de Luis XIV que un adolescente bobo que idolatra a una estrella del pop mema, o que se pasa todo el día jugando con su consola o colgando fotos intrascendentes en Instagram.
Prefiero oír a Casanova conversando con Benedicto XIV, Clemente III, con la emperatriz María Teresa, Luis XV, con Madame Pompadour, Voltaire, el doctor Johnson, Winckelmann y Mozart, que arrellanarme ante el televisor escuchando retransmisiones del Mundial.
Leemos en Mateo 5, 48: «Estote ergo vos perfecti!» (Sed, pues, perfectos). Las élites burguesas, hacendadas y cultas buscaban esa perfección. Esa armonía se ha diluido con la cultura coetánea. ¿Ha perdido la humanidad la capacidad de vivir con ideas abstractas o serias? Tocqueville habló ya, con tono profético, de «la hipocresía de la molicie». Se está creando una Era Glacial Tecnológica que presumo durará varios siglos (si se me permite ser vanamente arúspice).
Baudelaire todavía creía en el éxito y presentó por eso su candidatura a la Academia. Yo tan solo me conformo con inspeccionar apacibles nieblas. Yo solo me impongo a mí mismo el primitivismo de los bosques.
