Supongo que un artículo donde se hablara de un hombre en una habitación de paso, pagando para ser encadenado a una cama de hierro, cubierto de suciedad y golpeado con látigos con clavos por muchachas rústicas a las que instruía minuciosamente sobre cómo debían insultarlo… supongo, acaso, que si no lo escribieran Nabokov, Rulfo, Carner o Faulkner, sino Najat, sería de mal gusto. Los de derechas —además de que tenemos ese gen que nos permite ser más inteligentes, si no en acto, al menos en potencia— también gozamos de un humor corporal que nos capacita para el buen gusto literario.
La prosa de Najat es tópica. Cae en varios lugares comunes del imaginario romántico y contracultural. La idea del orgasmo como un «colocón que no necesita drogas» o la afirmación de que «los mejores poemas de la historia… se escribieron antes o después de esos instantes» son clichés románticos exagerados que carecen de originalidad literaria.
Comienza criticando a MAR por dar «demasiada información sobre su propia intimidad» y afirma que es imposible hablar del sexo «sin exponerse uno». Sin embargo, acto seguido, ella misma teoriza extensamente sobre su propio «imaginario sexual», el estado de sus orgasmos («ondas ralentizándose») y las situaciones en las que las mujeres (incluyéndose en ese «salimos corriendo») sienten náuseas tras el clímax. Incurre exactamente en el mismo comportamiento que critica. Pero, bueno, Najat es a la lógica lo que Coelho a Nietzsche. Su prosa es de magazín, aplanada, instalada en el mismo corazón de Grub Street. Una prosa como un reloj que chirría y molesta, pero no da la hora; titubeante como advenedizo zarramplín. Una escritura que ignora las aljamías de la música de las palabras, los nerviosos ringorrangos de los tonos, los compases y los befabemíes.
Yo soy mal escritor; y me costó mi esfuerzo. Me apliqué a fondo con el Navarro Tomás, el Manual de fonología histórica de don Ramón y el Lapesa; en Sintaxis, con el Gili Gaya. Toda esa materia la asimilé en la tardoadolescencia, y la tenía muy asumida cuando surgieron otras exigencias. Me muevo bien en la Fonética Histórica, pero nunca me he defendido del todo con la sintaxis y la morfología: cuando en el Bachillerato me explicaron los pronombres y los adjetivos, me fui de viaje con mis padres a Venecia y nunca he acabado de distinguirlos… Además, desmenuzé, hasta sacarle todo el jugo, la Historia de la lógica del matrimonio Kneale, tratados de teoría de conjuntos, el Curso de derecho mercantil de Garrigues y la obra botánica de Pius Font i Quer… A ello añádase mi defectuoso oído y mi nula sensibilidad lingüística para el castellano. Un mal escritor asume su condición.
Najat comete un error de gusto al yuxtaponer una terminología tosca («follar», «el polvo», «el tío») con una idealización mística, casi neoplatónica, del orgasmo («estado beatífico e ingrávido», «trance», «gratitud y un amor que lo desborda todo»). Esta oscilación violenta entre la vulgaridad deliberada y el lirismo sobreactuado es la quintaesencia del kitsch.
«El kitsch es una obra que se presenta con las credenciales de un mensaje artístico superior, pero que en realidad ha sido construida para provocar en el receptor un efecto sentimental prefabricado, ahorrándole el esfuerzo de la contemplación o de la verdadera catarsis. Nos dice no solo qué sentir, sino con qué palabras exactas y sagradas debemos revestir ese sentimiento». — Umberto Eco.
Cuando la autora afirma que el clímax llena «el corazón del más cínico de gratitud», está prefabricando el sentimiento del lector. No deja espacio a la ambigüedad de la experiencia humana; decreta cómo debe sentirse el postcoitum «auténtico» y cómo el agua y el jabón destruyen ese sufismo artificial que ha construido.
El artículo es una muestra de impostura y mal gusto.
