En las polémicas escolásticas, si no yerro, a menudo se afirmaba: «Distingue, y vencerás». Eso hacía yo en mi alta adolescencia cuando cruelmente me difamaban como «epéntico». Yo solía responder: «Una cosa es ser afeminado, otra amanerado y otra atildado. Me jacto de solo ser la última».
La RAE define «atildado» como acicalado, pulcro, aseado, limpio, elegante, cuidadoso, impecable, minucioso, primoroso, esmerado, pulido. Su Tercera, señor Montaner, es lúcida, pulcra y elegante.
No poco abundan las prosas petimetres, currutacas, lechuguinas, afectadas y gomosas. Prosas kitsch, pirracas y paquetes, como vestir a una vaca con frac de pico. Su elegancia, la de su escritura, es clásica, arquitectónicamente clásica, y de una precisión incandescente. Pertenece a la tradición de la prosa humanística española que busca persuadir mediante la claridad del razonamiento y una forma impecable. Períodos largos y subordinación compleja, muy propia, insisto, de la tradición humanística. Sin embargo, evita que resulte farragosa gracias a un control extraordinario del ritmo y al uso del hipérbaton sutil. Además, usted tiene un oído finísimo para las estructuras bimembres y las simetrías conceptuales, lo que dota al texto de una escultura visual y mental cristalina. Admirable, admirable.
Permítame un tono menos académico. Entre los escritores pululan titiriteros de meros juegos florales, almas agrarias. O poetas como póster tabernario de pueblo. Se agradece el rigor y la cultura. Nadie lee la Rhetorica ad Herennium. Nadie lee. Casi solo veo una comunidad de frívolos, presuntuosos e indolentes, de aquellos que tienen tiempo para hablar, pero no se sienten obligados a pensar.
Se parece su texto al de Nebrija o al de Vives, pero, si me permite ponerme estupendo, también a la prosa de Castigationes y De emendatione temporum porque bebe directamente de la misma matriz: el Humanismo filológico del Renacimiento tardío. Aunque Escalígero escribiera en el latín docto del siglo XVI y usted en el castellano del siglo XXI, el armazón y la elegancia mantienen el mismo aire de familia. Sus frases largas, llenas de incisos y precisiones («…por lo que hace a la indistinción comentada…», «…en la medida en que le permiten realizar…»), imitan el fluir de aquella prosa filológica. Una prosa creada para que ningún matiz lógico se pierda por el camino.
Ante la polémica de la RAE, hace un ejercicio a la manera de Ranke. No se queda con la «vulgata» del debate (lo que dicen Pérez-Reverte o Muñoz Machado en la prensa); presenta los documentos notariales del idioma: el diccionario 23.8.1, el Diccionario de términos filológicos de Lázaro Carreter (1953) o el de María Moliner de 1966. Es elegante porque no opina, sino que hace hablar a los documentos. Puro Leopold von Ranke.
Acaso mi percepción de influencias padezca de grave alucinosis, pero no puedo decir aquello que creo falso.
Para mí es un honor leerle.
Aprovecho la ocasión para enviarle un saludo muy afectuoso.
