El ministro tiene los ojos vacíos, de un color pálido y desvaído, y se arrastra por el hemiciclo con ese balanceo pesado y torpón, desmañado, con los brazos colgando un poco hacia delante, las manos blandas, de dedos cortos, oscilando a los lados. Su boca está siempre un poco abierta, y de ella se escapa un leve hilo de saliva. La cabeza pequeñita y muy apepinada. Bisojo, incipiente calvoroto y pechihundido, limaco, pelotillero, pecoso y patiseco. Un tonto conspicuo, cuidadosamente caracterizado de tonto; tonto de facción: un tonto como Dios manda. De esa clase de tontos tan remolones y obvios que no hace falta que un médico signe un certificado que afirme: «Este señor es tonto».
NOTA LIGERAMENTE ERUDITA: Covarrubias cree que «tonto» procede de la palabra latina tondus, que significa «vacío», puesto que al tonto se le supone la cabeza hueca y vana. Al latín recurren también aquellos como Francisco Sánchez de las Brozas —El Brocense para los amigos—, quien ya en el siglo XVI opinaba que proviene de attonitus, participio de attonare (compuesto a su vez por ad tonare), que vendría a significar «quedar pasmado o atontado». Y lo explicaba aludiendo a que el tonto parece estar siempre en estado de asombro o espantado, como si estuviera en mitad de una tamborrada furiosa que ríete tú de la de San Sebastián o la de Calanda. O de tunditus («vapuleado», «molido a golpes»), opinan otros, porque con el tonto todos se meten y suele recibir los palos. Incluso al griego nos remiten algunos, como nos recuerda Pancracio Celdrán Gomáriz, recogiendo las teorías que lo hacen venir del vocablo heleno tonzorizo y que originó la expresión antigua de «tonto del rizo», si bien también nos advierte que esta explicación es la menos probable de todas. Pero lo que sí hay son muchos derivados y formas de llamar tonto según las provincias: atontolinao y atontolinau en Salamanca y Mérida respectivamente; tontuso en Toledo; tontarrilón en Badajoz o tontera en Castilla son solo algunos ejemplos, todos ellos con diferentes matices e intensidades: desde el más simple hasta el más superlativo.
Ignoro si se me tachará de fastidioso y exagerado. Pero engordan la tontería los socialistas, con una tontería franca y pelada. Buenos mozos, colorados como un flamenco, pescuezo corto y doble cerviguillo. Ignoran lo que ni el clérigo más zote de la montaña, pero se pavonean de sabihondos. Sablistas, pero vagos; avaros, pero de dineros robados. Gritones en el parlamento como tropel de búfalos en estampida. En lo íntimo se creen genios, y a lo más que dan es para folleto de oficina de ferrocarril o para papel DIN A4 barato con el que hacer barquitos. Esporo no fecundado. Coicos y corcobados. La parpaña de la inteligencia. Perfectos mediocres.
Político, parvo de entendederas. Panoli, pipo, melón, pavitonto. Por su parte, en su tratado Des maladies mentales considérées sous le rapport médical, hygiénique, et médico-légal (originalmente publicado en 1838), Jean-Étienne Dominique Esquirol no solo incorporó en el lenguaje médico a la imbecilidad o al idiotismo entre las formas de la enajenación mental atribuibles a la impotencia o debilidad de las funciones intelectuales, sino que además distinguió la imbecilidad y la idiotez como especies de degradación de la inteligencia humana. Sus modelos en la investigación fueron los próceres de la patria.
En el libro de Jean Baptiste François Descuret, La Médecine des passions, ou, Les Passions considérées dans leurs rapports avec les maladies, les lois et la religion (aparecido en 1841), encontramos una sistematización de todo este saber médico-legal sobre las supuestas enfermedades intelectuales. En dicha obra, cada término constituye un grado descendente de la razón hacia el idiotismo pleno y congénito: la imbecilidad (imbécillité o, en latín, imbecillitas) corresponde al debilitamiento de las facultades intelectuales de individuos que tuvieron su razón cabal y pueden dar muestras momentáneas de memoria, atención o juicio; la «tontería» (bêtise, stultitia) consiste en una forma de idiotismo que exhibe tenues fragmentos de inteligencia y capacidad de hablar; la «estupidez» (stupidité, stupiditas) es la forma de idiotismo que exhibe solo algunas percepciones y sentimiento de las necesidades físicas; por último, el «embrutecimiento» (abrutissement, amentia) sería el estado más abyecto de la condición humana, en el cual ni siquiera se dan percepciones o sentimiento de necesidades. Grados todos ellos que el autor dedujo de la observación avisada de los Bolaños de este perro mundo.
El tonto cree que es sabio, pero el sabio se sabe tonto —dicho de Shakespeare que cruzó su obra hasta los refranes y giros populares—. Menos famoso es esto de Barbey d’Aurevilly: «Cuando la vanidad está satisfecha y lo demuestra, se convierte en bobería».
