Burton 187

Bajo del taxi en la calle Cardenal Quevedo. Las calles se alinean como un laberinto y, en el suelo, brillante y encenegado por lo que se diría unos mármoles tostados por la canícula y apisonados desde hace siglos, me pasma el pavimento de losas color grisalla casi azul. Se aglomeran los verdores mustios de los árboles plantados por el ayuntamiento, reflejando una luz de acero, y miro los tejados cuyo barniz reluce calcinado. ¿Los edificios? Como baluartes o montículos de aspecto heroico dada la intensidad del calor… Me rodeo de un perfume fougère: notas frescas con toques de lavanda, musgo de roble y cumarina. Cerca hay una floristería y compro unas lilas. Voy andando despacio, aunque con paso firme; cruza una adolescente que dibuja un despacioso cimbrear, el cual se esfuma en la penumbra dorada. Llego a la tertulia.

Digo a mis amigos que prefiero quedarme en casa leyendo el Rerum Gestarum Libri XXXI de Amiano Marcelino, antes que dedicar un segundo más de mi tiempo a pensar en Sánchez. Digo que prefiero que revoloteen ahora en mi mente los argumentos de Introduction to Metamathematics de Stephen Cole Kleene, en lugar de seguir los chanchullos zafios del cerebro de Óscar Puente. Digo que prefiero demorarme minuciosamente en la lectura de A contrapelo, esa biblia de la sensibilidad estética, a imbuirme de la corrupción y la mediocridad insalvable y embarazosa del PSOE. Prefiero una calle de Orense en un día tórrido al Parlamento español, zonzo y devaluado. Prefiero un crepé u organza de seda a escuchar a esos parlamentarios de la siniestra, zánganos y de amorales ideas escleróticas.

Les recuerdo, a propósito de los aplausos y sonrisas de socialistas fuera de lugar, algo que leí en Ludwig von Mises: «Ningún gobierno puede hacerte más rico, pero muchos pueden hacerte más pobre». Y también aquello tan actual del mismo von Mises en El Estado omnipotente: «¡No hay esperanzas para una civilización cuando las masas están a favor de políticas nocivas!».

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