El resentimiento es, a mi juicio, un motor político fundamental. La política tiene la capacidad de convertir el resentimiento privado en identidad colectiva. El resentimiento aislado apenas tiene importancia; lo decisivo ocurre cuando un dirigente consigue transformar miles de frustraciones individuales en una sola cosmovisión. Es entonces cuando se desencadena el fenómeno del chivo expiatorio, ya sea encarnado —según el espectro ideológico— en Occidente, la aristocracia, la élite globalista, la burguesía, los inmigrantes, los ricos, los intelectuales, o el patriarcado.
En cambio, la gratitud reconoce que una sociedad imperfecta puede haber legado bienes enormes: desde las instituciones y el derecho hasta la libertad, la cultura y las costumbres. El resentimiento, en cambio, solo percibe aquello que falta. Así, mientras el conservadurismo nace del agradecimiento hacia una civilización heredada, muchas formas de política revolucionaria o populista se nutren de la indignación permanente.
No toda protesta se fundamenta en el resentimiento; existen movilizaciones moralmente muy legítimas. Una protesta justa busca corregir una injusticia concreta respetando las instituciones fundamentales. Por el contrario, la política resentida —presente tanto en la izquierda como en la derecha— convierte el conflicto en un principio perenne y encuentra su identidad en la oposición constante, anteponiendo los agravios y la búsqueda de enemigos a la construcción del bien común. Toda política que hace de la detección de enemigos su principal fuente de legitimidad termina siendo profundamente deficitaria.
