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En las extrapolaciones exponenciales de los años sesenta y setenta, se creían inminentes los coches voladores o la colonización masiva de Marte. Sin embargo, la ciencia no avanza de forma lineal. Si hoy la IA escribe mejor que el 99% de los españoles —dixit Millás—, de ahí no se infiere necesariamente que en diez años vaya a escribir mejor que los grandes genios de la literatura.

Los sesgos narrativos de Harari lo han convertido en multimillonario. Ejemplifiquemos uno que profiere en la misma entrevista: «La democracia es conversación». Sí, pero la democracia no es solo conversación; añádanse a ello las instituciones económicas y jurídicas, la asociación civil, la separación de poderes o la tradición, entre otros elementos. Es típico que Harari construya sus argumentaciones a partir de este tipo de reduccionismos.

¿Pretende la IA sobrevivir y expandirse? La afirmación más extravagante requiere de las pruebas más rigurosas, no de intuiciones que parecen extraídas de un poema emocional. Penrose sería el crítico más severo de Harari. El físico sostiene desde hace décadas que la inteligencia humana no puede reducirse completamente a una computación algorítmica, un argumento que procede parcialmente del teorema de Gödel. La IA puede manipular símbolos extraordinariamente bien, pero comprender matemáticamente no es simplemente manipular símbolos. Para Penrose, generar soluciones nuevas no implica necesariamente comprensión: que AlphaGo descubriera movimientos desconocidos no significa que entendiera el Go. Distingamos, por tanto: cálculo y comprensión no son lo mismo.

Lo que menos me gusta del israelí es que, de hipótesis más o menos plausibles, extraiga predicciones apodícticas e indisputables, inevitables como los vaticinios de un futurólogo con su bola de cristal. Como poema universal personal puede resultar sugestivo; como estándar de rigor intelectual, infinitamente menos.

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