Me encanta esta observación de Wilde sobre George Meredith: «Como escritor es un maestro consumado en todo menos en el lenguaje: como novelista puede hacer cualquier cosa menos contar una historia: como artista puede ser todo menos articulado».
Leyendo mucha novela de mis coetáneos, diría que su principal carencia es no saber armar una historia, ignorancia para resolver elementales problemas técnicos y también la manía de copiar un modelo de prosa periodístico, liofilizado, nada dinámico, legible para párvulos, podado, mineral, homogéneo, monótono, común.
Es una prosa que sirve eficazmente para vender, pero da una impresión de rudimentos u obrador paupérrimos. Sin cabrilleo ni estremecimiento, de tono apagado, mate. Sin ese efecto poético singular que provoca la precisión irónica. Sin el cosquilleo del pensamiento encima de la verdad o bien debajo de la emoción.
Abunda así la prosa unicelular. Semillas que nutren plantas raquíticas y monocolores, anabolizantes didácticos que provocan una musculación rutinaria.
Este modelo de ficción pobre es el equivalente a la globalización económica. A la cultura embotada del analfabeto secundario. Parecería que debemos escribir todos como quien devora palomitas en el cine, se pone una peluca naranja al acudir al fútbol o se extasía con el pus televisivo
Sra. Montero, hace treinta años que no la leo. Las dos novelas suyas que leí hace décadas me parecieron francamente malas. Tal vez haya cambiado mucho desde entonces; sería deshonesto afirmarlo sin volver a leerla. Mi discrepancia aquí no es tanto con su obra como con un modelo de escritura que, a mi juicio, ha acabado dominando buena parte de la narrativa española contemporánea. . Sé que la han ponderado amablemente escritores que admiro, incluso algún que otro Premio Nobel. No sé. ¿Soy un escritor fracasado y resentido? Puede ser. ¿Debo combatir mi vanidad? Sin duda. Pero no creo que deba pedir perdón por seguir creyendo que la literatura empieza —y acaso termina— en la palabra.
