El Síndrome de Capgras es un trastorno neuropsiquiátrico donde la persona cree que un ser querido, familiar o ella misma ha sido reemplazada por un impostor idéntico. Lo del PP con el PSOE. La cosmovisión liberal-conservadora, una de las más fértiles que creó la mente humana, por estos lares se diluye en un compuesto semi-socialdemócrata. Faltan arrojo e ideas. Sobran sentimientos de inferioridad y caspa intelectual.
El problema del PP es, además de una alarmante falta de convicción, una claudicación moral ante el consenso socialista. Temen que los riña mamá.
«Para mí, el consenso parece ser el proceso de abandonar todas las creencias, principios, valores y políticas en busca de algo en lo que nadie cree, pero con lo que nadie está en desacuerdo; el proceso de eludir los problemas que hay que resolver, simplemente porque no se puede llegar a un acuerdo sobre el camino a seguir. ¿Qué gran causa se habría librado y ganado bajo la bandera del «Yo estoy a favor del consenso»?», dijo en una entrevisa en The Times la mejor política del siglo XX: Margaret Thatcher.
Feijóo juega en un tablero diseñado por el adversario. LA ECONOMÍA ES EL MÉTODO PARA CAMBIAR EL ALMA DE LA NACIÓN.
Gramsci teorizó que para tomar el poder político primero hay que conquistar la cultura (el sentido común, los valores, el lenguaje). El artículo demuestra (y yo acuerdo de pleno con Yvars) cómo el PP ha asumido el lenguaje y los límites morales de la izquierda.
Durante los años de Aznar y, de forma flagrante, con Rajoy, la derecha española asumió una premisa falsa: «Si nos encargamos de la economía y bajamos el paro, la gente nos votará y nos dejará en paz». Cedieron la educación, las leyes civiles, la memoria histórica y los medios de comunicación a la izquierda a cambio de que les dejasen gestionar la caja pública.
El filósofo y pensador conservador Sir Roger Scruton explicó magistralmente este error de las derechas occidentales, que en España se da de forma exagerada:
«Los conservadores se ven obligados a defender estructuras que están siendo socavadas por el espíritu de la época. Su posición es inherentemente difícil porque no proponen una utopía radiante en el futuro, sino la preservación de cosas imperfectas en el presente. Cuando renuncian a articular el valor de lo que defienden, el oponente gana por defecto, porque el oponente siempre tiene una historia atractiva sobre el futuro, mientras que el conservador solo tiene un balance de gastos e ingresos».
La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. Y la derecha padece una extraña enfermedad: el síndrome de Estocolmo ideológico. Cree que la izquierda posee una superioridad moral intrínseca, por lo que pasa la mitad de su tiempo intentando hacerse perdonar por existir y la otra mitad aplicando las políticas de sus adversarios con un desfase de cinco años.
Como decía Thatcher en sus memorias (The Downing Street Years), la política sin convicciones es una cáscara vacía:
«No se puede liderar desde atrás, ni se puede gobernar mirando constantemente las encuestas de opinión o esperando a ver qué dice el editorial del periódico de la mañana. Quienes lo hacen, no solo demuestran que no tienen principios, sino que, a la larga, descubren que tampoco tienen seguidores. La gente puede no estar de acuerdo contigo, pero respeta el coraje de tus convicciones. Lo que nunca respetará es el miedo a defender aquello en lo que dices creer».
