No quiero compararme con la avispada África. Yo también soy superdotado pero, por mi experiencia, debo constatar que resulta fastidioso pertenecer a los valores atípicos de la campana de Gauss: solo la mediocridad es socialmente asumible. Mi hándicap principal fueron mis crasas limitaciones en las relaciones sociales; no es que sean escasas, sino que son francamente nulas. Mis padres y Mensa fueron mis apoyos principales en esa época adolescente de tribulación afiebrada.
«Entre tantos conocidos, conservamos a esas raras personas que hacen el camino más rico y más verdadero». Sobremanera me place recordar a Josep Pla i Carrera, Ramón Cirera Duocastella (muerto demasiado prematuramente), Santiago Lamas, Isabel García Lado, José María Álvarez y Ramón Jansana. Soportaron mi legítima rareza. Y fueron magnánimos —esa alta virtud aristotélica— con mis innúmeros defectos. También mi madre y mi hermana, bandada de pinzones y luz zodiacal, se comportaron con suma ternura y comprensión. Todos —y otros— aliviaron la terrorista soledad.
Spinoza: «Sed omnia praeclara tam difficilia quam rara sunt» («Las cosas excelentes son tan difíciles como poco frecuentes»). Me salvó la escritura. La inteligencia no avanza en línea recta, sino por saltos. Mis catorce libros son el resultado de una vida entera de lecturas, conversaciones, viajes, impresiones y recuerdos. Nada es mío por completo; todo es mío por combinación. El escritor no crea desde la nada: reúne, mezcla, transforma. La originalidad consiste en una nueva disposición de materiales antiguos y plagiados.
Mi más cálida enhorabuena a África. La inteligencia no es la vía regia a la felicidad, pero tampoco resulta un gran estorbo para lograrla.
