Eliot 14

Leí su artículo tres veces y me supo a poco. Es un texto de cámara, contenido, elegíaco, escrito en un tono de moderato constante. No hay estridencias. Todo está subordinado a una tesis: el liberalismo debería dejar de ser un partido para volver a ser un clima compartido.

No hay ideas liberales, sino sentimientos liberales, a veces me atreví a creer osadamente. Discrepo del marxismo. Una civilización no es un problema técnico que deba resolverse, sino una conversación que debe continuarse prudentemente. La tentativa de abolir el mal mediante la política conduce normalmente a la multiplicación del mal. Intentar hacer algo inherentemente imposible es siempre una empresa corruptora; por ello no coincido con las ideas de la izquierda extrema.

Para afinar con la naturaleza del liberalismo clásico español (un islote noble rodeado de incomprensión), el parangón idóneo acaso sea «Spiegel im Spiegel» (Espejo en el espejo) de Arvo Pärt, o en el terreno puramente clásico y recóndito, los «Lachrimae, or Seaven Teares» (1604) de John Dowland.

Acaso le parezcan comparaciones extravagantes. En la pieza de Pärt la voz tintinnabuli solo toca las notas del acorde perfecto de Fa mayor. Es una voz estática, inmutable, que representa la ley, los principios fundamentales, el marco constitucional. No exagero si le digo que la voz melódica del violín o del chelo se mueve por notas consecutivas de la escala. Enlazando con su artículo, creo que pudiera o pudiese representar el devenir histórico, la acción política, el día a día. La genialidad de la obra es que LA MELODÍA NO PUEDE DAR UN SOLO PASO SIN QUE EL PIANO LA ARROPE CON UNA NOTA DEL ACORDE BÁSICO. Es exactamente la tesis que usted y yo defendemos: la socialdemocracia y la democracia cristiana pueden competir, pero solo sobrevivirán si están ancladas a ese «código fuente» compartido.

«Algo va mal», de Judt, es en esencia un lamento (áticamente escrito) sobre cómo la socialdemocracia y el liberalismo clásico olvidaron sus propios fundamentos y cedieron terreno al lenguaje puramente economicista y al sectarismo. El tono de Judt es exactamente el suyo: el de un intelectual que ve cómo las vigas maestras del edificio se desgastan ante la pasividad de los partidos principales.

Los extremos vacían el centro institucional. Por cierto, ahora que lo pienso, la hoy casi olvidada Eclogue, Op. 10, de Gerald Finzi, transmite y contempla con tristeza una herencia que se desvanece. Sobran comentarios.

Mientras lo leía pensaba alternativamente en Timothy Garton Ash —por la arquitectura del razonamiento— y en Scruton, por esa nostalgia moral que atraviesa el artículo.

P.S. Permítame expresarle públicamente mi admiración. Un saludo, Diego.

Deja un comentario