En el proemio del Cursus Mathematicus (1661), Gaspar Schott escribe:
«Entre todas las disciplinas humanas, solo las ciencias matemáticas brillan con tal esplendor de verdad que no dan cabida a la opinión vacilante ni a la disputa caprichosa. Mientras que en la filosofía especulativa los ingenios más agudos se desgarran mutuamente en perpetuas controversias, el geómetra, apoyado en el firme eslabón de sus demostraciones, avanza con pie seguro. El pensamiento riguroso no es aquí una elección, sino la ley primera: quien la infringe, no yerra en la matemática, sino que cae enteramente fuera de ella».
El artículo de García Montero describe un estado de ánimo y una actitud vital; como argumentación, a mi juicio, resulta endeble. A mí también me gusta leer novelas de ternura y hechuras novísimas, poesía del ahorita mismo, ensayos sobre tópicos del día. Pero eso averió la precisión lógica de mis argumentos. Orden y coherencia mental, me exhorto a mí mismo.
Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la Edad Media antes de san Bernardo» (A. Wilmart, Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin, París, 1932, p. 127). A Montero lo opaca la escritura de sus notables poemas.
