Sobre la extraordinaria capacidad reproductiva del contagio, en el caso de este Ernesto Castro religioso, permítaseme citar a un clasico: De contagione et contagiosis morbis, de Girolamo Fracastoro:
«Contagium est, cum morbus ab uno in alterum traducitur; neque id fit casu, sed per semina quaedam tam exigua ut sensus effugiant, quae tamen vim habent propriam, qua sibi similia generent atque multiplicent. Haec semina corporibus adhaerent, aerem occupant, vestibus inhaerent, atque per contactum vel propinquitatem facile transferuntur.»
Ernesto Castro es, obviamente, muy inteligente. Rara vez responde de forma directa a lo que se le pregunta; antes bien, desmonta los presupuestos de la propia pregunta. Nunca concede al periodista la cómoda posición del árbitro neutral. Convierte la entrevista en un ensayo sobre la degradación del periodismo cultural, el fact-checking y la tiranía del clic. Oscila entre un cinismo casi aristocrático y la jerga de internet («quince minutitos de mierda y barro»). Esa capacidad para elevar continuamente la discusión a un plano metateórico —sumada a una erudición capaz de enlazar la cultura pop con Kierkegaard, Jefferson o Gerald Cohen— delata una inteligencia poco común. Me produjo la impresión de un híbrido entre Bernhard y Diderot, con un lejano parentesco grotesco con Los caprichos de Goya. En conjunto, la impresión fue magnífica.
Acaso —no lo sé— haya encontrado en el dogma católico la última forma posible de iconoclasia en el siglo XXI. Su conversión no busca el consenso; más bien parece escoger deliberadamente el lugar desde el que todavía resulta posible escandalizar a una cultura convencida de haber agotado todos los escándalos. Es, en ese sentido, una paradoja ambulante.
Si algún día nombran Papa a Ernesto, el Vaticano verá aparecer kebabs, playeras, trap y pistachos junto a fatigados ejemplares del De abditis rerum causis de Jean Fernel, la Pandectae locorum communium de Andreas Hondorff y decenas de volúmenes de la Patrologia de Migne, todos ellos densamente subrayados y cubiertos de minuciosas apostillas marginales. Dios me oiga.
