Eliot 18

Me exalta lo nuevo y me enamora lo viejo. No así en música, donde no pasé de principios del siglo XX.

Para mí la música no es un simple entretenimiento inocuo, sino una fuerza formadora del alma y de la sociedad. Permítanme la «strong opinion»: ¿Se puede llamar progreso a jóvenes de articulación mental inmadura, cuyos cuerpos palpitan con ritmos orgásmicos y coribánticos; cuyos sentimientos se cifran en himnos a los placeres del onanismo; cuya ambición es ganar fama y riqueza imitando a la drag-queen (una folclórica) que canta?

Recordemos la admonición famosa de Scruton: «La elección no es entre soluciones rápidas y cálculos aburridos. Esto es lo que la educación liberal está destinada a mostrarles. Pero mientras tengan el auricular puesto, no pueden oír lo que la gran tradición tiene que decir. Y, tras su uso prolongado, cuando se lo quitan, descubren que están sordos».

Chicas y chicos bailan, se encabalgan, se tocan, se miran, se cruzan, se envían potentes dardos de deseo, y bailan, bailan y chillan de manera ardiente, circular, estroboscópica. Olor a alcohol mezclado con perfume barato. Neón y vestidos ligeros. El DJ, gran chamán urbano de la noche, repite el mismo ritmo tribal (la música golpea el estómago y llaga los labios) Cocaína y polvos rápidos en los retretes. Es delirante tanto brillo suspendido y milagroso. Desde la barra, los vasos mojados brillan como peces recién sacados del agua.

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