Sr. Presidente:
Felipe IV era abúlico y apático, devoto, mujeriego y acaso poeta. A menudo se cansaba de sus validos y del ejercicio de su reinado. Carlos I fue guerrero. Felipe II solo rey. Felipe III y Felipe IV hombres nada más. Carlos II ni hombre siquiera. Carlos III gran hombre.
El duque de Lerma, afligido y consternado, afecto de asma, se traslada a Valladolid para iniciar su mascarada. Para fingir pobreza vende bienes, para fingir santidad dice querer hacerse jesuita. El conde de Olivares da orden de detener a Lerma. Poco después se oirá un anónimo por los pueblos de España: «Aquí yace un reino entero/Olivares lo mató/catalanes lo acabaron/los monjes lo amortajaron/y Portugal lo enterró».
Usted pasará a la historia como un siniestro mondonguero y manjarblanquero, galán pechuga, pecho lobo, de logros infames de latón. Escuche:
Pietro Crinito, en el «De honesta disciplina», insiste, siguiendo a Cicerón, Plutarco, Valerio Máximo y Séneca, en que el gobernante debe anteponer siempre la «res publica» al parentesco, la amistad y el interés privado.
Cicerón lo expresó con una claridad insuperada en el «De officiis» (I, 25):
«Quienes hayan de gobernar la república observen, ante todo, dos preceptos de Platón: primero, que protejan el interés de los ciudadanos de tal manera que cuanto hagan lo refieran siempre a su utilidad, olvidándose de su propio provecho; segundo, que velen por todo el cuerpo de la república y no, por atender a una parte, abandonen las demás.»
Crinito (o Vettori), siguiendo a Cicerón, consideraban el principio de corrupción de la «res publica» la sustitución del mérito por el favor y del bien común por la conveniencia privada.
Si aún subsistiera en usted el sentido clásico del honor político, habría presentado ya su dimisión.
