Eliot 7

La Séptima: una televisión nacida para decirnos qué pensar y para enmarcar cómo debemos interpretar los hechos sobre los que pensar (uso «pensar» en un sentido laxo).

La «opinión pública» rara vez es libre, razonada u orgánica; suele ser un artefacto moldeado por el poder, los medios y la inercia del entretenimiento. El siempre perspicaz Gore Vidal —que bien se conocía el llautó— escribió:

«La opinión pública se ha convertido en algo que se fabrica, no en algo que se consulta. El ciudadano medio vive en los «Estados Unidos de la Amnesia». No aprendemos nada porque no recordamos nada. A medida que avanza la era de la televisión, los líderes políticos son elegidos no por sus ideas, sino por su capacidad para ser perfectos para la pantalla. Una democracia es ese lugar donde se celebran numerosas elecciones a un gran coste, sin cuestiones reales y con candidatos intercambiables».

Hace ya un cuarto de siglo que convivimos con internet, y las redes están abarrotadas de juicios sumarísimos. Son el lenguaje y el razonar, en sí mismos, los que están de capa caída. La masa no lee. La opinión pública actual está determinada por la moda, el chisme y el escándalo; la política ha dejado de ser un debate de ideas para convertirse en una rama de la industria del entretenimiento. Hoy en día, los intelectuales carecen de influencia en la opinión de las masas; el vacío que dejaron ha sido ocupado por celebridades, cocineros, modistos y futbolistas.

Ya en su obra clásica, Jürgen Habermas señalaba cómo la opinión pública pasó de ser un espacio de debate racional y ciudadano a un escenario dominado por el consumo y la manipulación. En la actualidad, ese diálogo democrático original se ve desplazado por la persuasión estratégica y el espectáculo.

Para Fernando Vallejo, en sintonía con este diagnóstico, lo que llamamos «opinión pública» no es más que el eco de siglos de adoctrinamiento. Considera que la colectividad carece de criterio propio y se mueve por pasiones bajas o consignas impuestas:

«La masa no piensa, embiste. Lo que llaman la respetable opinión pública es la suma de los prejuicios, las ignorancias y las cobardías de una multitud de analfabetos ilustrados que repiten lo que les oyen a los bribones que los gobiernan o a los farsantes que los confiesan. El ser humano en grupo pierde la poca luz que le quedaba en el cerebro y se convierte en una bestia de rebaño. Le tienen pánico a la verdad y adoran la mentira, siempre y cuando la mentira venga bien empaquetada con las palabras «patria», «democracia» o «progreso»».

P. S.: Disculpen la expansividad del comentario.

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