Eliot 106

La mayoría de la gente en España no tiene ideas, ni aspiraciones estéticas, casi ni moral, ni más destino que salir del paso como puedan. Hombres y mujeres que viven en un estado de barbarie y de analfabetismo completos; para ellos el mundo no pasa del horizonte de sus ojos, y su vida se reduce a comer, ver Telecinco, trastear por Instagram, beber siempre que hay ocasión y dormir como los animales. Carecen de vocabulario para expresar nada que no sea lo inmediatamente físico; sus conversaciones son un conjunto de interjecciones, de palabras soeces y de frases incompletas que apenas bastan para sus necesidades elementales. Todo es un embrutecimiento paulatino, una existencia sin altura que se transmite de padres a hijos como una herencia fatal.

Yo me limito a no ser como ellos. A que la cultura no muera en mí.

Me fascina una Garamond bien aireada, una Baskerville honesta y limpia, una Bodoni con su elegante arrogancia geométrica. Me conmueve una página con buen interlineado, márgenes generosos, numeración sobria y una capitular bien dibujada. He llegado a interrumpir lecturas porque el kerning era indecente. Y no hablemos del papel: offset grisáceo y poroso, no; dame vergé, dame hilo, dame un ahuesado noble que cruja apenas al pasar la página, como si tosiera con discreción inglesa.

En mi biblioteca, estoy viéndolos, se encuentran, entre otros: Alonzo Church, A Bibliography of Symbolic Logic (Association for Symbolic Logic, 1936), esa joya maravillosa que intenta abarcar la producción de lógica simbólica desde 1666 hasta 1935. También los volúmenes de la serie Ω-Bibliography of Mathematical Logic (Perspectives in Mathematical Logic, Springer, años ochenta), donde gentes razonables decidieron que no bastaba la lógica: hacía falta un multivolumen para catalogar la lógica. Y, last but not least, para coronar el delirio, manuales y catálogos de literatura inglesa rara, como Lowndes, The Bibliographer’s Manual of English Literature, con sus noticias de libros curiosos, útiles y raros, fundamento de tanta bibliofilia anglosajona; o catálogos de colecciones como la del Carl H. Pforzheimer, Collection of English Literature 1475–1700, que convierten el simple listado de títulos en un mapa del deseo stevensoniano.

Me limito a que la cultura no se extinga en mí.

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