Llovet: «Los medios de comunicación, la opinión pública fantasmagórica que se ha creado, aquí y en todo el mundo occidental, ha hecho que no importe nada la soberanía intelectual que debe poseer todo ciudadano en una nación o en un Estado democrático. Y sin esta soberanía individual, compartida por la vía del diálogo (dia-logos, un lenguaje, una voz, un discurso, que se pueden atravesar), las naciones pueden derivar hacia un constructo similar a las tiranías. Es el gran problema de las democracias actuales, y diría que en todas partes: no están basadas en el acuerdo dialogante entre la ciudadanía que conforma un Parlamento, sino en una especie de logomaquia, una guerra de palabras, de frases hechas, difundidas por los partidos políticos, que han minado la posibilidad del disentimiento racional y sensato».
La «opinión pública» contemporánea no es el resultado del debate ciudadano libre, sino un artefacto mediático («fantasmagórico») que sustituye el juicio crítico individual por marcos de pensamiento prefabricados. Nada conviene más al hombre que el uso de la razón compartida. No existe comunidad política allí donde los ciudadanos han perdido el juicio recto sobre lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira.
Tres ideas clásicas recorren Occidente: la importancia de la autonomía del juicio, la verdad como fruto del diálogo y el peligro de la propaganda cuando sustituye a la deliberación.
A propósito de ello, pocas páginas resultan tan actuales como el célebre análisis de la guerra civil de Córcira. Tucídides escribe:
«Las palabras cambiaron incluso su significado habitual para adaptarse a los hechos. La temeridad irreflexiva pasó por valentía; la prudencia fue considerada cobardía; la moderación, disfraz de la debilidad; la inteligencia para examinar todas las cosas fue juzgada incapacidad para actuar.»
Habermas es quizás el paralelo directo más estrecho con la tesis de Llovet sobre el vaciamiento de la racionalidad dialogante por parte de los partidos y los medios de comunicación. Fue un profeta de la malhadada era Trump. Parafraseándolo libremente:
«Con la expansión de los medios de comunicación de masas de tipo comercial, la esfera pública cambia de función: se convierte en un espacio en el que se exhiben ofertas de consumo cultural y de prestigio político, más que en un foro para el debate racional. La comunicación pública se ve sustituida por la escenificación mediática. Los partidos políticos no buscan la formación del juicio político de los ciudadanos mediante la discusión y la deliberación racional, sino la coacción publicitaria sobre los votantes. Las frases hechas, los eslóganes fabricados por asesores de imagen y las técnicas de relaciones públicas han transformado el debate parlamentario en un espectáculo de cara a la galería, donde el disentimiento racional ha sido anulado en favor del alineamiento dogmático».
Sin ciudadanos capaces de juzgar, las instituciones se vacían. No deleguemos nuestro pensamiento. Pensemos por nosotros mismos.
P.S.: Este es un texto redactado por mí a partir de una selección y edición de ideas filosóficas localizadas con ayuda de una IA. Acaso sea una exageración llamarlo híbrido, pero también sería deshonesto considerar su autoría inquebrantablemente personal. Resulta cuando menos curioso que haya usado la máquina para exigir el rescate del juicio humano.
