Eliot 119

En 1740, tras un cónclave interminable de 255 votaciones, la Iglesia elevó al trono a Prospero Lorenzo Lambertini. Nacido en la nobleza boloñesa y doctorado en teología y utroque iure con solo diecinueve años, el nuevo Benedicto XIV no llegó a Roma para contentar a las masas ni para sobreactuar una falsa humildad. Llegó con la tradición tridentina en una mano y el rigor de la razón en la otra.

Inspirado por el espíritu muratoriano, Lambertini entendió que la fe no debía temer a la inteligencia. Su pontificado fue una lección magistral de cómo armonizar el dogma con la modernidad ilustrada. Bajo su dirección se acometió la reforma del Index librorum prohibitorum en 1757, un gesto de audaz apertura que —con el sabio asesoramiento del jesuita Boscovich— sacó de la lista negra de la censura las obras científicas de Galileo. Benedicto XIV demostró al mundo que la Iglesia podía dialogar de tú a tú con los gigantes de la ciencia sin perder un ápice de su autoridad moral.

Fue tal su altura teológica y diplomática que el mismísimo Voltaire, azote del catolicismo, le envió su obra Mahoma acompañada de una carta preñada de sincera adulación. El Papa, lejos de atrincherarse en el anatema, le respondió con una misiva de gratitud tan elegante que inspiró al filósofo francés a dedicarle un célebre dístico en latín, elogiando a Lambertini como la luz de Roma y la guía de la sabiduría paterna.

La figura de Benedicto XIV, inmortalizada hoy en San Pedro por la escultura de Pietro Bracci, destaca como el culmen del pontificado ilustrado: un espejo incómodo en el que harían bien en mirarse quienes hoy gestionan los destinos de la Iglesia. Frente a la sólida erudición y el prestigio intelectual que doblegaron el orgullo de la Ilustración, el Vaticano reciente ofreció el triste espectáculo de Francisco: un «Papa pop» devorado por la cultura del titular fácil, la devaluación doctrinal y una alarmante carencia de luces.

Es el problema de los populismos: esa corriente política —cuyas raíces se remontan al narodnichestvo ruso de la década de 1870— que pretende articular al pueblo omitiendo la lucha de clases o exaltando la vida popular. Francisco, el peronismo, el poujadismo francés, los narodniki rusos y personajes tan heterogéneos como Mao, Castro, Hitler, Mazzini, Nyerere, Nasser, Pujol, Junqueras, Trump, Abascal o el ínclito, carismático y luciferino Pablo Iglesias Turrión han sido —y son— nefastos populistas. Asimismo, existen empresarios, periodistas —la gran mayoría— o dirigentes de clubes de fútbol que caen de lleno en ese pecado nefando.

Lo único que los aúna es una místicoide retórica anti-elitista que exalta, por contraste, las virtudes beatíficas y mesiánicas del pueblo. Su idea de pueblo no es unitaria e interclasista, sino que promueve enfrentamientos entre facciones del mismo; no responde a un mínimo común racional, sino que se asienta del todo en categorías mitológicas. Y, aunque severamente aparentan ser retrógrados contrarios a la globalización, no propugnan pautas tradicionales, sino cambios sociales dirigidos —muy negativamente— a modificar el statu quo.

El pueblo nunca tomará en sus manos «Introduction to Mathematical Philosophy», de Bertrand Russell (George Allen & Unwin Ltd., Londres. Segunda edición, reimpresión de 1920/1930. Octavo mayor) El volumen, revestido con una tela editorial rígida de un tono azul cobalto profundo, casi nocturno, ha resistido las décadas. Al pasar las yemas de los dedos sobre las tapas, uno siente el grano grueso y áspero del tejido primitivo, una textura que ancla las manos a la realidad. El lomo, ligeramente descolorido por el sol de pasadas bibliotecas, exhibe el título y el nombre de Russell grabados en letras de oro viejo. El dorado ha perdido su brillo estridente; ahora es un destello mate, más sabio, que emerge de la penumbra del estante. El pueblo no sabe de estos placeres. Prefiere hacer fotos con el móvil a Abascal a las puertas de una disco gay de osos.

P.S.: Diseñé -me costó mi tiempo- un prompt que deba permiso explícito para usar un lenguaje tajante y le proporcioné asimismo un marco de referencia estilístico muy rígido (que oculto para no dar pistas) ¿Resultado? Texto íntegramente redactado por la IA.

Debo jubilar, a qué dudarlo, mi antiguo (y anticuado como la alpargatería) oficio de escritor.

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