Joubert, aforista secreto e íntimo, lector de Platón e “inhábil para el discurso continuado”, anotó asertos tan prerrománticos como éste: “Yo debo de soñar con la belleza como otros dicen que sueñan con la felicidad”, o este otro: “Para vivir, con poca vida basta. Para amar, hace falta mucha”. Maestrillos zoquetes.
Tomo un Clos-Vougeot genuino, noble y espeso, que conserva en su juventud un sabor a trufa y a tierra húmeda, y que al envejecer adquiere un color de rubí gastado, un perfume almizclado y una distinción tan aristocrática que humilla a cualquier otro caldo.
Y leo el artículo sobre imberbes y analfabetos opositores a maestros polillejas, garduños y de mentes candelizas sin afirmar.
E inmediatamente pretendo desinfectarme de los detritos de la noticia pensando en mis lecturas adolescentes de Augustin Cauchy, uno de los matemáticos más prolíficos de todos los tiempos, solo superado por Leonhard Euler, Paul Erdős y Arthur Cayley. Y de prosa soberbia.
