¿España? Demasiados retrocesos…; «clara, pobre y cejijunta» (Unamuno), la «espaciosa y triste España» sufriendo llamas, dolores, guerras, muertes, asolamientos, fieros males. «Ciego el ibero / de un furor inhumano / fulmina impío el reluciente acero / contra su propio hermano» (Meléndez) Y sorprendió Machado en nuestra patria «un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín». Y no solo Valente, Bousoño, Hierro, Gil de Biedma, Blas de Otero, Lorca («Oh España, luna muerta sobre la piedra dura»), etcétera, han expresado líricamente el dolor y drama de España, también los intelectuales han inquirido sobre nuestra naturaleza.
Cela, en su entrevista en The Paris Review, declaraba que le gustaba la España de las moscas, los toreros de pueblo, los curas «trabucaires», la guardia civil con su tricornio charolado, el garrote… La España, a fin de cuentas, negra y tópica y arrebatada, la de las cigarreras andaluzas con su faca en la falda y el boticario y el alcalde yendo alegres de putas.
Debemos sentirnos orgullosos de España. Pero no solo por la Roja -un país no se mide solo por sus futbolistas, sino también por la resistencia y esplendor de sus luces. Por Unamuno (hornacina gris), Ors (bengalas en un cielo azul cobalto) y Ortega (ancho y culto como un hidalgo); por Cajal, Rey Pastor y Torres Quevedo; por Ulises Moulines, D. Asperó, o L.M. García Ávila (el razonamiento como un rocalloso y adamantino poema deductivo). Por la luz de minarete historiado de Guillermo Carnero, el Salón de pasos perdidos de Trapiello, la luz zodiacal de Fray Luis. Y también por Roig o Amancio Ortega (el industrioso capital en manos de los pocos genios que sabemos sin dudarlo que lo son). España es el interés por las matemáticas que impregnaba la Universidad de Salamanca durante el siglo XVI y que alcanzaría de una manera especial a los teólogos, que, en su empeño por condenar la astrología judiciaria, se afanarían en buscar sus argumentos en el estudio científico de la propia astronomía. España son sus jueces y la biblioteca en lugar del desbravado ocio tabernario. Y por sus medievalistas, filólogos, químicos, y por sus paleógrafos, médicos y juristas. Y por sus pinacotecas y por aquel remoto adolescente turbado al visitar el MNAC por primera vez. Un país, sin desdeñar a sus grandes futbolistas, lo construyen sobre todo quienes amplían el conocimiento, quienes disfrutan de la bendición y energía del estudio, y enriquecen la cultura y crean prosperidad.
