En el comentario al magnífico artículo de hoy de Luz Sánchez-Mellado, glosé torpemente la idea de que la Roja es una condición acaso necesaria para el orgullo nacional, pero nunca suficiente. Admito que el fútbol es la vía regia para muchas mentes populares, algo que me parece —de veras— respetabilísimo.
Pero España es una nación cuyo orgullo debería medirse por la perfección de su Estado de derecho, por mitos del pasado que reverberan en el presente, por esa cómplice confianza que provoca la nula corrupción, por un futuro digno para nuestros jóvenes, por una economía abierta, competitiva y sin paro; por un Estado sin cloacas, por políticos ilustrados, por un pueblo culto, por una prensa libre, por un coeficiente de mediocridad muy bajo y, finalmente, por escritores, científicos y empresarios de primera fila.
Comprendo —y participo de él— el chovinismo futbolístico. Sin embargo, parafraseo a mi manera unas palabras de Félix de Azúa a las que me adhiero: «El único patriotismo que me parece respetable y del que me siento partícipe es el patriotismo constitucional, aquel que se funda no en los accidentes de la geografía, la sangre o el paisaje, sino en las leyes comunes que nos hacen libres e iguales. España demostró al mundo durante la Transición una madurez asombrosa. Conseguimos salir de una dictadura feroz y de un siglo de guerras civiles sin derramar sangre, mediante el pacto y la renuncia mutua. Ese es el verdadero timbre de gloria de la España contemporánea: el haber sabido construir una ciudadanía ejemplar allí donde antes solo había banderías fratricidas».
De lo que debemos sentirnos orgullosos es de la España que nos garantiza el derecho a ser ciudadanos y no súbditos de ninguna tribu. Y, por encima de todo, de nuestra lengua. El español no es una propiedad mística de los nacidos en la Península, sino un descomunal espacio de libertad compartida por quinientos millones de personas. Un país que ha dado la vuelta al mundo no con la espada, sino con la palabra de Cervantes, Feijoo, Balmes, Menéndez Pelayo, Quevedo, Gracián, Jovellanos, Cajal, Cernuda, Ortega, Vargas Llosa, Octavio Paz, Nicolás Gómez Dávila, Roberto Arlt, Marías o Borges, no tiene que pedir perdón a nadie por su existencia.
Ojalá ganemos a Argentina. No pocas penas nos quitará.
