Nuestra postura encorvada al leer comprime las vísceras (causa de la proverbial hipocondría y mala digestión de los escritores). También gastamos «fluido nervioso» en detrimento de la energía muscular. Y nuestra bibliomanía es un claro ejemplo de desarreglo en el control de los impulsos.
El libro de Tissot, «De la santé des gens de lettres», tuvo una difusión extraordinaria, con traducciones al inglés, español, italiano, alemán y polaco, y generó una tradición que llega, al menos, hasta Balzac y la medicina finisecular.
Encontramos antecedentes a la obra de Tissot en Bernardino Ramazzini, George Cheyne, Johann Gottlob Krüger o Johann August Unzer. ¿Grandes descendientes de Tissot? Limitándonos a los herederos franceses: Jacques-Pierre Brissot, «Théorie des lois criminelles» (1781), Pierre-Jean-Georges Cabanis, «Rapports du physique et du moral de l’homme» (1802), Joseph Daquin, «La Philosophie de la folie» (1791), Alexandre Brierre de Boismont, «Du suicide et de la folie suicide» (1856), Alexandre Jacques François Brierre de Boismont, «Des hallucinations» (1845) (magnífico para entender la psicopatología de los intelectuales), o, un auténtico tesoro, Paul Moreau (de Tours), «La psychologie morbide» (1859). Hay muchísimos otros. Mi lista es extraordinariamente limitada.
En España hay verdaderas joyas. Desde Letamendi a Comenge, pasando por Monlau. O el «Tratado de freno-patología» de Giné y Partagás. Una mina. O el tristemente olvidado «Estudios psicológicos» de Simarro. Desearía mencionar uno prácticamente desaparecido de las historias de la medicina: «La higiene del trabajo intelectual» de José Ulecia Cardona.
El estudio de Anne C. Vila, «Malade de son génie…: raconter les pathologies des gens de lettres, de Tissot à Balzac», reconstruye precisamente la recepción de Tissot y muestra cómo su tratado dio lugar, entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, a una abundante literatura médica sobre los «hombres de letras», hoy en gran parte olvidada. Ese trabajo es una excelente guía para descubrir títulos obliterados y recónditos.
Permítanme como colofón, citar a una joya bibliográfica: Robert Brudenell Carter: «The Influence of Education and Training in Preventing Diseases of the Nervous System».
«El sistema emocional de la joven también se ve sometido hoy en día a un proceso de adiestramiento tanto prematuro como excesivo, que se lleva a cabo principalmente por medio de la lectura regular y sistemática de novelas. […] Una historia cuyo interés dependa de las complicaciones de la pasión sexual nunca podrá ser otra cosa que perjudicial para una muchacha soltera, porque se dirige a una facultad todavía no desarrollada y la excita a un estado de actividad mórbida, que no por ser puramente mental es menos real, y que es el análogo preciso de lo que se produciría en un niño pequeño mediante la administración prematura de alimentos estimulantes o bebidas embriagantes. El sistema nervioso se acostumbra a una excitación artificial que pronto se convierte en una necesidad, y cuyo ansia solo se sacia con dosis cada vez mayores del mismo veneno, hasta que la mente queda totalmente enervada y el cuerpo cae presa fácil de cualquier shock emocional o enfermedad física», Robert Brudenell. On the Influence of Education and Training in Preventing Diseases of the Nervous System.John Churchill. Londres, 1855. Capítulo V («On the Education of Girls»), pp. 294-295 (según la paginación de la edición original de Churchill).
Para la medicina victoriana, leer sobre «pasiones» provocaba un aflujo de sangre e impulsos nerviosos hacia los órganos reproductores de las adolescentes antes de tiempo, atrofiando el cerebro por sobreestimulación y dejándolas listas para el diagnóstico rey de la época: la histeria. Qué cosas.
