Eliot 43

Conservo mis modales bostonianos (ahí estuve estudiando en los años noventa del pasado siglo); hablo sin levantar la voz y con un asomo de sonrisa. Ni mi conversación ni mis libros son luminosos. Ni dandi ni delgado (calvo y grueso).

El mundo moderno —el iniciado con la revolución romántica filosófica del siglo XVIII, con la revolución científica del XVII y con la revolución industrial incipiente, pero clara, ya en el XVI— se ha terminado. Ha aparecido otro nuevo: un mundo del que, pese a atrevidas especulaciones, todavía no sabemos nada. Lo que es evidente es que el mundo que dejamos atrás se va a quedar atrás por siempre, mientras que el nuevo… no sabemos en qué va a consistir.

Me gusta la filosofía, la ciencia y la política llenas de humor. Es maravilloso cómo preparan los discursos y conferencias los ingleses: siempre empiezan por una broma. Al contrario, los sureños somos tenebrosos y aburridos (yo el primero).

Amable y cortés, preocupado por la precisión de mis palabras, desearía que la exactitud y la belleza formaran parte de mis argumentos e ideas. No tengo casa en París y me aburre Nueva York. Critico la financiación y el sostén de formas de creación que podían desarrollarse y defenderse por sí mismas: la música rock, el tag, los videojuegos, el cine, el cómic… Critico que se use el palacio de Versalles como escaparate para los artilugios de «artistas» como Jeff Koons, el amado de los multimillonarios. Critico a Urtasun, que es a la cultura lo que el general Manuel Fernández Silvestre a la historia militar.

Nunca llevé un sombrero panamá blanco a juego con el blazer. Nunca mi calzado combinó con el fular. Vivo en una aldea de diez habitantes donde no para de llover. No soy para nada machista ni misógino. Me gusta el humor de Rajoy, las columnas de Ana Iris y el borgoña.

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