En boca de Maffeo Vegio, escribe Lorenzo Valla en De voluptate:
«Digo que las cortesanas son mucho más útiles para el género humano que las monjas o las vírgenes santas […] ¿Qué hay más absurdo, más molesto, más inicuo que el que las mujeres estén cerradas solo para un hombre? Las mujeres deberían ser comunes a todos los hombres, como las playas, los teatros o las plazas públicas. La naturaleza las creó para el placer de todos, no para la propiedad privada de uno solo».
Y el Panormita en el Hermaphroditus:
«No hay fe en la mujer, ni fidelidad en su lecho. Su naturaleza es puramente teatral: lloran para engañar, ríen para tentar, y bajo su piel suave solo se esconde un apetito insaciable y una mente voluble que ningún hombre, por sabio que sea, puede gobernar».
Y en el Ricordo 168 («Sobre la volubilidad y la falta de razón»), de las Ricordi de Francesco Guicciardini, leemos:
«Gobernar a las mujeres con la razón es una empresa perdida. Sus decisiones no se guían por el intelecto o el provecho a largo plazo, sino por el apetito del momento, los celos y la vanidad. Por lo tanto, al tratar con ellas, vale más el mandato firme que el argumento sabio».
Gentes de gran categoría escribieron perlas como estas: «Para la mayor parte de las mujeres, amar a un hombre es engañar a otro», «Cuando se han visto un montón de mujeres alemanas, qué placer causa ver una vaca», «Se agazapa siempre un mono penoso en la más hermosa y angelical de las mujeres», «Hace dos años que no hablo con mi mujer; fue para no interrumpirla», «¿Sirven para la política? Bueno, como secretarias de Estado del ganchillo», «Estoy muy contenta de no ser un hombre, porque así no se me obliga a casarme con una mujer», «No te creas nunca a una mujer; incluso si dice la verdad», «Instrumentos intercambiables para un placer idéntico», etc.
Bukowski pegaba a su pareja Linda. Modigliani y Picasso las torturaron.
Léase Homero, canto XXII, versos 700-705.
Gonzalo Rojas: «Menos que meretrices, más que vacas, / merecen un establo / donde haya cien corridas de mujeres / en cuatro patas, con las ubres sueltas».
Heinrich Heine, criticando y explicando su animadversión por el libro De l’Allemagne de Madame de Staël, se expresa así de las escritoras:
«¡Oh, las mujeres! […] Cuando escriben, siempre tienen un ojo puesto en el papel y el otro en algún hombre, y esto se aplica a todas las escritoras, con excepción de la condesa Hahn-Hahn, que sólo tiene un ojo. […] Las mujeres, como todas las naturalezas pasivas, rara vez saben inventar, pero tienen el talento de desfigurar los hechos existentes de una manera tan pérfida, que estas falsificaciones refinadas son más dañinas que las vulgares invenciones de los hombres. Creo que verdaderamente mi difunto amigo Balzac tenía razón cuando una vez me dijo con un tono muy afligido: la mujer es un ser peligroso».
Los ejemplos podrían ocupar varias enciclopedias. Es muy sencillo hacer reproches al pasado. El pasado tiene el defecto de ser anacrónico, y nosotros la virtud de no serlo y de estar equipados con una predeterminada sensibilidad moral. No lo olviden, ladies and gentlemen, no hay peor prejuicio que creer que podemos razonar o ver el mundo sin prejuicios.
