Mi padre —un gentilhombre noble y laborioso, un burgués superdotado, calculador, templado, reposado y analítico— era emocionalmente poco cálido; excepto en el fútbol. Se burlaba de mi ignorancia por ese deporte y no entendía que me provocara tan poco eco.
Jean van Heijenoort (1912–1986) parece el producto de dos mentes que jamás se pusieron de acuerdo. Fue uno de los lógicos matemáticos e historiadores de la ciencia más meticulosos del siglo XX, pero tuvo una existencia arrebatada que incluyó desde ser el guardaespaldas de León Trotsky hasta convertirse en amante de Frida Kahlo y protagonista de un trágico final: en 1986, mientras dormía en Ciudad de México, su cuarta exesposa, Elena, le disparó tres tiros en la cabeza antes de suicidarse. La biógrafa Anita Burdman Feferman resumió esta dualidad en el título de su excepcional libro: Politics, Love and Logic.
Mi padre pertenecía a esa rara estirpe de hombres cuya inteligencia matemática convivía con pasiones capaces de suspenderla. Eran emociones intensas, desprovistas de la virtud de su exigido decoro y moderación.
Papá necesitaba un poco de lenguaje como el que usan los amantes, los cantantes, los solitarios. Sílabas balbucidas como las que dicen los niños cuando entran en la habitación y encuentran a mamá cosiendo y recogen un retal de lana brillante, o cuando se encuentran a su novia cocinando y prueban de sus labios palabras-mandarina. Papá necesitaba un aullido: la palabra viva. Aquella que solo le proporcionaba el fútbol.
Lamento no poder compartir con él la victoria de España en el Mundial.
