Eliot 54

La prosa del artículo recuerda una pieza de cámara de Eduard Toldrà —pienso en los Sis sonets para violín y piano— o la contención lírica de Frederic Mompou, la de Suburbis o Música callada. Evoca directamente el estilo de Josep Carner (a quien el propio texto menciona traduciendo a Vico en 1941). Al igual que Carner, la mirada de Llovet abarca la alta cultura europea (Goethe, Dante, la tradición grecolatina) desde una profunda radicación en la lengua catalana; utiliza una ironía fina y culta muy propia de Carner (por ejemplo, al referirse con guante blanco a los críticos que «ni tan solo llegan a los treinta» o al calificar su curso en Nueva York como «el único gran fracaso de mi vida docente»).

Me devané los sesos con el escrito. A mi juicio, las nuevas categorías de pensamiento ya no distinguen lo alto y lo bajo, lo refinado frente a lo romo y vulgar, la calidad en oposición a la popularidad, la highcult frente a la midcult y la masscult.

Las anteriores son categorías victorianas, y quienes las defendemos, unos dinosaurios pasados de moda. Hoy todo gira (se explica y se legitima) en función de lo cool ante lo square, o de lo muy hot frente a lo demodé.

El arte, la política, la moda, los productos, las estrellas de Hollywood, del reguetón o de las redes sociales, las películas, el comercio, la literatura, las nuevas tecnologías, los nuevos líderes de opinión, el periodismo… todo se ordena en un campo que imita al de las celebrities, donde estás o bien in o bien out. Si estás in, se sanciona lo que haces, crees, vives y vendes como bueno o valioso; si estás out, se enjuiciará como malo y sin valor (y, además, carecerá de toda visibilidad).

La sofisticación intelectual (Auerbach, Curtius) nada tiene que ver con estos nuevos modos de ambición moderna. La figura del crítico o intelectual clásico se parece ya a la de alguien con polainas y peluca empolvada —levemente, o claramente, ridículo—, sustituido por el dinámico agente del entertainment y por la dramaturgia del mero rodar irreflexivo, inconsciente y sin pausa del mundo.

En el siglo XIX, y todavía durante buena parte del XX, se intentó cambiar el mundo, pero también comprenderlo. Entrado el siglo XXI, el mundo parece no exigir ya ni transformación ni inteligencia: basta con exhibirlo en la interminable pasarela de Internet o convertirlo en un entretenimiento perpetuamente divertido.

Vivimos embutidos en un capitalismo hip, en una vida divertissement, donde reina la velocidad, la notoriedad, el buzz y lo cool. La jerarquía y la clasificación, la prelación y el criterio, son figuras arrumbadas, tal como lo fue la economía feudal, y como lo fueron los zuecos, el techado de paja o los sombreros hongo en la cabeza de los caballeros.

El futuro (ya un evidente presente) pertenece a Shakira y Piqué, mientras que la decadencia y la irrelevancia definitiva quedan simbolizadas en Henry James, Michelet, Lionel Trilling, Auerbach, Curtius y sus pares.

Jeff Koons alcanza en las subastas cotizaciones que rivalizan con las de Miguel Ángel o Velázquez. Un futbolista o un caballo de carreras se adjetivan como «geniales».

Sobra el criterio moral; sobran políticos en la estela de un Saint-Simon, un cardenal de Retz, un Talleyrand o un Metternich, pues ¿no persuaden más los astronautas, la aritmética identitaria de los ministerios y el lenguaje oratorio de la abaratada píldora en formato tuit?

Quizá no asistimos a la decadencia de la cultura, sino a la desaparición misma de las categorías con las que durante siglos aprendimos a reconocerla.

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