A mi juicio, y permítame el neologismo, vivimos en un régimen «doxamaníaco», donde erigimos endebles catedrales con simples palillos para los dientes. Nunca fue tan sencillo emitir un juicio sobre cualquier materia; nunca resultó tan difícil distinguir entre el conocimiento adquirido y la mera ocurrencia. La vehemencia no otorga autoridad, ni la popularidad, la verdad.
Umberto Eco advirtió este fenómeno con una contundencia que el tiempo no ha hecho sino confirmar. En una célebre entrevista concedida a La Stampa afirmó:
«Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. […] Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas».
En otra ocasión resumió el problema con una imagen todavía más certera:
«La televisión ha promovido al tonto del pueblo, con respecto al cual el espectador se siente superior. El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».
Quizá el problema no consista en que hoy opine demasiada gente —la libertad de expresión siempre comporta ese riesgo—, sino en que hemos dejado de distinguir entre la opinión y el juicio. Una opinión es inmediata y gratuita; un juicio exige estudio y responsabilidad. La democracia necesita la primera; una civilización solo puede sostenerse sobre el segundo.
