El «caso Andic» ejemplifica la paradoja de cómo personas brillantes, astutas y de un pragmatismo implacable en el mundo financiero pueden ser completamente vulnerables y torpes en el ámbito emocional. Ese vacío es, precisamente, el caldo de cultivo donde prosperan charlatanes y vendedores de crecepelo.
Por desgracia, la perspicacia e inteligencia aplicadas a los negocios no se trasladan por defecto al vago y brumoso mundo de los afectos. Y por ahí se cuelan mesmeristas verborreicos y sacacuartos.
El mejor consejo es el que se da uno a sí mismo tras una previa y abundante reflexión racional. El resto es silencio.
