(Zapatero)
Parecía un hombre intentando espantar avispas con una pala. Un tipo grogui, sonado, tambaleándose a la vista de toda España. Da verdadero pánico ver cómo la conciencia se apaga de golpe: las piernas ceden, la mente se va a negro y listo. Cuando al final consiguen ponerlo en pie, se queda mirando a la nada, buscando un sentido de la orientación que ese nocaut le ha arrebatado.
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«Yo ya no estoy aquí. Lo que usted ve es solo una cáscara vacía. Yo morí en el hospital el mes pasado», afirman algunos pacientes con síndrome de Cotard. La recomiendo como línea de defensa en el caso ZP. ¿Cómo van a declarar culpable a un fantasma?
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Señoría, mi representado creyó con fe de converso que su criterio estaba por encima de los datos, de los informes técnicos y de la mismísima realidad económica. La negación sistemática del concepto «crisis» no fue una estrategia de comunicación; fue la manifestación clínica de una mente estructuralmente reacia a permitir que los hechos le arruinaran el relato.
El señor acusado hablaba en términos trascendentes, casi místicos, rozando la levitación: disertaba sobre la paz universal, la «Alianza de Civilizaciones» o su misión de guiar la historia mundial, mientras la prima de riesgo y el desempleo masivo eran relegados a meras bagatelas.
Años después de abandonar la Presidencia, mi cliente mantiene una febril agenda internacional —ilustrada en sus mediaciones en Venezuela— impulsado por la idea fija, que peritos de esta parte han calificado como delirio mesiánico, de que solo su talante es capaz de pacificar conflictos atroces e irresolubles. Su permanente sonrisa plácida frente al desastre y su discurso irreductiblemente utópico denotan una desconexión severa de la realidad.
Por todo ello, solicitamos la libre absolución por inimputabilidad plena al amparo del Artículo 20.1º del Código Penal. Tanto en el momento de los hechos como en el presente, sus capacidades cognitivas y volitivas se encuentran completamente anuladas por un cuadro de adicción al relato e incontinencia mesiánica que le impide comprender la ilicitud de sus actos o actuar conforme a dicho conocimiento.
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En la escuela no aprendió a multiplicar ni aunque lo mataran a reglazos. Mientras el maestro explicaba las fracciones, él miraba fijamente una mosca que caminaba por el cristal de la ventana. Para su cabeza, esa mosca era infinitamente más comprensible y fascinante que el numerador y el denominador. Cuanto más le gritaba el profesor, más se encerraba en su caparazón de estupidez aparente.
Con el tiempo comprendí que no era tonto: simplemente había decidido que el mundo de los adultos inteligentes no valía la pena.
Se afilió al PSOE a los dieciocho años.
